“Por el bien de mi correspondencia completa”. La posteridad en las cartas de Walter Benjamin

Wizisla, Erdmut

El lamento no es de data reciente, pero los motivos han cambiado. En su ensayo “Büchners Briefe” (Las cartas de Büchner), nunca publicado en la RDA, Volker Braun escribía en 1977: “Oh tiempos, oh cartas. Ya no escribimos cartas en serio; como ya no existe el secreto postal (las Constituciones expresarían lo que queremos), uno podría simplemente aceptarlo”.[2] Entretanto, está claro que la subsistencia del género epistolar se encuentra en peligro menos por las agencias de noticias que por los medios electrónicos. Un lunes, en el verano de 1920, Kafka recibió en tres entregas cuatro cartas de Milena.[3] Hoy el antiguo correo amarillo llega una vez al día, y el momento preciso de la entrega es incierto. Predominan las cuentas, las intimaciones y las publicidades. Las cartas son más bien raras. El matasellos “estafeta postal” no revela desde dónde han sido enviadas. Con frecuencia, el anonimato de su aspecto se corresponde con la superficialidad de su interior. Las vivencias y las experiencias probablemente ya no son puestas por escrito en papel, sino transmitidas por medios electrónicos y, a lo sumo, también almacenadas por estos medios.

“La forma de la carta es anacrónica”, escribía Theodor W. Adorno ya en 1966, en el prefacio a la primera edición de las cartas de Benjamin, de la que fue responsable junto con Gershom Scholem. Para explicarlo, Adorno se remitía a la pérdida de la experiencia, apoyándose en la constatación hecha por Benjamin en los años treinta:
Subjetivamente, en la era del derrumbe de la experiencia, los hombres ya no están dispuestos a escribir cartas. De momento, parece como si la técnica privara a las cartas de su condición previa. Como las cartas –en vista de las más inmediatas posibilidades de comunicación, de la contracción de las distancias espacio-temporales– ya no son necesarias, su sustancia en sí se diluye. Benjamin les aportó un talento anticuario y desinhibido; algo que perecía se enlazaba con la utopía de su restitución.[4]
Adorno y Scholem, editores de la publicación y maestros ellos mismos de la comunicación escrita, estaban de acuerdo: “Benjamin era un gran escritor de cartas”, explicaba Adorno en el prefacio; “evidentemente escribía cartas de manera apasionada”.[5] Así también lo veía Scholem: Benjamin fue “por lo menos en ocasiones, un muy destacado escritor de cartas”.[6] Scholem pensaba que la condición para la transmisión de testimonios pertenecía a la esencia de su amigo:
Benjamin era, para casi todos aquellos que lo conocieron de cerca, una figura demasiado llamativa e importante como para que ellos no hayan conservado material escrito suyo en su totalidad o en parte. A eso se añadían la gracia natural y el brillo de una capacidad de formulación que se reflejaba aun en la comunicación espontánea, y que debía de volver las cartas muy valiosas para los destinatarios.[7]
Esto ya se podía observar en la selección de cartas publicada en 1966; su volumen total puede conocerse recién en la nueva edición en seis tomos que Christoph Gödde y Henri Lonitz publicaron en la editorial Suhrkamp.[8] Las cartas de Benjamin no aparecen ya en esta edición como documentos históricos, sino como un genuino componente o parte de la obra. Las cartas anticipan los textos, los completan y son incluso frecuentemente trabajos independientes. Proporcionan información confiable sobre Benjamin en tanto autor, sus planes, proyectos y versiones, y documentan también el destino y la biografía intelectual de una figura extraordinaria.
La mirada sobre esta edición de las cartas es particularmente atrayente, si uno piensa que Benjamin se ocupó repetidas veces de cuestiones de la teoría de la correspondencia. En la primera parte del presente artículo, sistematizaremos las ideas de Benjamin sobre la correspondencia. La segunda parte se propone considerar las cartas de Benjamin en relación con los criterios que su autor desarrolló a partir de las correspondencias de otros. Después de un excurso sobre edición, la tercera parte, por último, se ocupa de aquellas ideas según las cuales las cartas son testimonios de la supervivencia de un hombre, considera el legado epistolar de Benjamin, y se pregunta si, y en qué medida, Benjamin consideraba a la posteridad como destinatario.
 
La mirada benjaminiana sobre el género epistolar
Benjamin no desarrolló una teoría de la correspondencia en sentido estricto. No obstante, sus reflexiones formuladas más bien esporádicamente rozaron cuestiones esenciales del género, y no dejaron de tener influencia. Hay que tener en cuenta tres puntos de vista. La perspectiva de la teoría de la recepción entiende las cartas como testimonio de supervivencia. En la perspectiva de la teoría de los géneros y la comunicación, la carta aparece como medio de comunicación y como prueba documental de lo humano. La perspectiva filosófico-política, declaradamente antifascista, considera determinadas cartas como documentos de una actitud que representa a una Alemania humanista, que está oprimida, pero que aspira a llegar a la opinión pública.
Los comentarios que Benjamin escribió entre 1931 y 1932 para la Frankfurter Zeitung sobre las cartas del siglo XVIII y XIX pueden ser aprovechados desde la perspectiva de la teoría de la recepción. Se trata de la compilación de cartas que apareció como libro en 1936, en la editorial Vita Nova de Lucerna, con el título Personajes Alemanes.[9] Sin embargo, en una carta a su amigo dejuventud Ernst Schoen del 19 de septiembre de 1919, Benjamin ya había expresado, después de la lectura de la correspondencia entre Goethe y el conde Reinhard, la expectativa místico-enfática de que las cartas sean testimonio de la supervivencia de un hombre (GB II, p. 47).
El pasaje decisivo de la carta lo resguarda Benjamin en un extracto que se aparta levemente del texto de la carta que se ha conservado en su obra póstuma:
Hoy se subestima la correspondencia debido a que tiene una relación totalmente equívoca con los conceptos de obra y de autor, mientras que en verdad ella pertenece al ámbito del “testimonio”. Los “testimonios” son parte de la historia de la supervivencia de un hombre y es posible estudiar, a partir de la correspondencia, cómo se incorpora a la vida la supervivencia con su propia historia. [...] Al leer uno las cartas en forma sucesiva, mediando los intervalos más cortos, estas se modifican objetivamente a causa de su propia vida. Las cartas viven en un ritmo distinto del tiempo en el que los destinatarios vivieron, y también ellas, en otras condiciones, se modifican (GS VI, p. 95, cf., GB II, p. 47s.).
Lo místico en esta nota está dado por la representación a través de la cual la muerte de un autor no cambia la visión sobre su legado, sino que cambia el legado mismo. Benjamin parte de un entrecruzamiento sumamente complejo. El movimiento, es decir el “ritmo”, entra también así en el tiempo, antes de la cesura producida por la muerte.[10]
La perspectiva de la teoría de los géneros y la comunicación es formulada también en 1919: “Puede estudiarse en la correspondencia cómo la supervivencia ingresa en la vida, con su propia historia y puede estudiarse en la correspondencia (No así en las obras; en ellas no se fusionan vida y supervivencia, sino que las obras son como la cuenca de un río)” (GS VI, p. 95). Esta interpretación aparece elaborada en la conferencia radiofónica “Auf der Spur alter Briefe” (Tras las huellas de antiguas cartas), de enero de 1932. Allí se refiere Benjamin a un modelo de estratificación, que Friedrich Gundolf desarrolló para el “el macizo de la existencia del gran artista”. Si uno se representa las manifestaciones y producciones de un artista como montañas, las conversaciones transmitidas serían el pie de la montaña, que apenas se advierte; las cartas, el amplio estrato medio del macizo; y la obra creadora –más cercana a la forma definitiva–, finalmente la cima. En lo que se refiere al Clasicismo alemán, Benjamin consideraba que la cima de esa montaña estaba congelada, lo que significaba que el canon ya “no era discutible”, estaba “hace tiempo cerrado”, carecía de influencia. La literatura epistolar de esa época constituye el nivel de las nieves perpetuas, sostiene Benjamin, completando el modelo de Gundolf. Se consigue así preservar las correspondencias de esta época, en gran medida, de su canonización. Benjamin consideró esto una ventaja, pero se refirió también a la contraparte de esta preservación. La literatura epistolar es usada por la investigación como fuente de prueba, lo que pasa por alto las posibilidades del género. Las cartas neutralizan la distinción entre el hombre y el autor, entre lo privado y lo objetivo, entre la persona y la cosa. Explicar una carta en todas sus referencias significa “hacer diana en lo humano”. Y lo humano no es el héroe o el genio, sino lo que le posibilita al artista la comunicación.
La perspectiva entusiasta de los niveles de interpretación en la teoría de la recepción parece cosificada: las cartas se muestran como “tradición viva” y como testimonio de lo humano (cf. GS IV/2, p. 942-944). Benjamin desarrolló la perspectiva filosófico-política en medio de las experiencias de la huida y la carencia. En dicha perspectiva, las cartas aparecen como documentos de una posición que representa una Alemania oculta, pero que aspira a llegar a la opinión pública. En las dedicatorias, Benjamin denominó a su libro Personajes alemanes un “arca”, que él construyó “cuando el diluvio fascista comenzó a ascender”.[11] El concepto se corresponde alegóricamente con el seudónimo de su constructor:[12] Detlef Holz.[13] La selección de las cartas, que tienen una antigüedad de entre 50 y 150 años, produjo un efecto de intensa actualidad. Su mensaje humanista y antifascista resultaba inequívoco para los lectores de los años treinta: Brecht sostuvo que era una colección muy halagadora para Alemania.[14] Por otra parte, Heinrich Blücher le escribió al editor que el hecho era saludable: “después de la vociferación de la encendida estupidez que domina aquí nuestras discusiones políticas, al fin vuelve a oírse la tranquila y, por eso, más penetrante voz de la razón, que no renuncia a argumentar, mientras los bárbaros gesticulan”.[15]
Es la “intención de esta colección”, escribe Benjamin en el texto Deutsche Briefe (Cartas alemanas), “mostrar el rostro de una ‘Alemania oculta’, una Alemania que hoy se complacen en buscar detrás de la espesa niebla”. Con el concepto de “oculto”, Benjamin calificaba una situación que era “obra de fuerzas, fuerzas ruidosas y brutales que le negaban influencia pública y lo condenaban al ocultamiento” (GS IV/2, p. 945). La compilación de las cartas podría sugerir una posición que “cabe definir como humanista en sentido alemán; posición que a su vez parece invocar de un modo tanto más manifiesto, cuanto más decisivamente la abandonan aquellos que hoy llevan la voz cantante en Alemania” (GS IV/2, p. 955). Los autores de las cartas representan “una galería verdaderamente amplia de aquellos hombres que hicieron a Alemania grande en el ámbito de lo artístico, lo científico y lo pedagógico en los años que van de 1770 a 1870” (GS IV/2, p. 949). Benjamin recordó el destino de desterrados y expulsados como Forster, Hölderlin y Seume. Pero la expresión más concluyente del propósito de la colección Personajes alemanes se encuentra en su epígrafe: “Del honor sin fama, de la grandeza sin brillo, de la dignidad sin paga” (GS IV/2, p. 150).
 
Benjamin como autor de cartas
La ocupación intensa con la literatura epistolar de épocas anteriores debió de repercutir en su propia praxis. Benjamin escribía cartas ya cuando era estudiante, cartas cuya intelectualidad y seguridad en el estilo resultan extraordinarias. A medida que aumentaba la resistencia contra él como científico y autor, cobraban las cartas el carácter de testimonio. Eran el lugar que debía preservar sin alteraciones la posición de Benjamin como autor. Desde la perspectiva filosófico-política, llama la atención cuán intensamente se apropió Benjamin de sistemas de pensamiento; cómo les imprimió su sello o los abandonó. Tres iluminaciones de esta biografía intelectual pueden esclarecer esto;[16] muestran a Benjamin en su vinculación con las tradiciones y en su carácter de sujeto libre: el veinteañero de una casa asimilada descubría su afinidad con el judaísmo, que le parecía ser el agente y el representante de lo espiritual. Parafraseando una expresión de Friedrich Theodor Vischer, le escribió a Ludwig Strauss el 21 de noviembre de 1912: “lo judío es evidente por sí mismo” (GB I, p. 75.).
La fuerza de atracción del pensamiento benjaminiano consiste en la capacidad de comprender conexiones en su carácter contradictorio. La extensa carta del 7 de marzo de 1931 a Max Rychner en la que Benjamin expresó el deseo de que se viera en él, “no a un representante del materialismo dialéctico en tanto dogma, sino a un investigador para quien la posición del materialista parece más fructífera que la del idealista desde el punto de vista científico y humano, en todas las cosas que nos motivan”, contiene, asimismo, una descripción de su posición: “nunca pude investigar y pensar más que en sentido, si puedo así decirlo, teológico, es decir, en conformidad con la doctrina talmúdica de los 49 niveles de significación de cada pasaje de la Torá” (GB IV, p. 19s.). Remontándose a una filosofía de la experiencia escéptica, presenta al comunismo como una “solución para la humanidad” en una carta enviada desde el exilio a Werner Kraft el 26 de julio de 1934:
pero justamente se trata de eliminar, a través de conocimientos practicables del comunismo, la infructuosa pretensión de soluciones para la humanidad; se trata incluso de abandonar simplemente la arrogante perspectiva de los sistemas ‘totales’, y emprender, por lo menos, la tentativa de construir la vida de la humanidad de manera más relajada, así como comienza el día un hombre sensato que ha dormido bien (GB IV, p. 467).
También de acuerdo con la perspectiva de la teoría de los géneros y la comunicación, la praxis y la teoría aparecen unidas. Las cartas de Benjamin discuten las posibilidades del género. El significado existencial de la correspondencia se revela en los comentarios, en los cuales las propias cartas se convierten en tema de la correspondencia. Una y otra vez se quejaba Benjamin de un “ritardando” en el intercambio epistolar (GB III, p. 356), de fases de silencio; él pedía ante todo en el exilio una respuesta pronta y confiable. Las palomas mensajeras eran “a lo largo y a lo ancho, el único punto luminoso en el horizonte” (a Alfred Cohn, 18 de septiembre de 1935, GB V, p. 166). Tras una cita fallida, le preguntó a Fritz Lieb, en octubre de 1938: “¿Es una especulación demasiado arriesgada suponer que un intercambio epistolar acorde con las costumbres del país, aunque modesto, nos habría resguardado de semejante percance?” (GB VI, p. 171).
Los resultados de los “Studien über die Geschichte des Briefes” (Estudios sobre la historia de la carta) se incorporaron a su propia correspondencia: la escritura de cartas, e incluso el estilo epistolar, “no era en lo más mínimo un producto de las condiciones en que funcionaba el correo”, según le escribió Benjamin a Scholem en mayo de 1932 desde Ibiza. Para fundamentar este “materialismo económico” se refirió a que solo una vez a la semana hay un verdadero día de trabajo en el correo europeo; “de esta manera, uno tiene tiempo para escribir cartas largas” (GB IV, p. 91). Probablemente no sin un pensamiento dedicado a sus ulteriores lectores, el 6 de mayo advertía a su amigo en Jerusalén sobre expresiones descuidadas: “por experiencia, ambos sabemos el cuidado que requiere un intercambio epistolar significativo como el que mantenemos, debido a una separación de años.”[17]
Las cartas de Benjamin son cartas sobre la escritura de cartas. Son el escenario, el espacio de la búsqueda de su posición intelectual. Son expresión de su personalidad, de la historia de su pensamiento y de su capacidad para la configuración artística. Están redactadas con un cuidado que hoy rara vez se encuentra. El manuscrito de una carta de Benjamin es un acontecimiento estético que hace comprensible a qué se refería Adorno al hablar de un talento anticuario y libre de inhibiciones. Dichas cartas solo muy de vez en cuando contienen banalidades. Como, por ejemplo, la bella carta a Fritz Radt publicada en el apéndice de la edición: “Querido Fritz, acepte esta torta de chocolate, le mando muchos saludos / estaré mañana de 4 a 5 en lo de Pasquali: Aristófanes” (GB VI, p. 489). Las cartas son piezas y eslabones de la obra de Benjamin, en ellas se desarrollan y nuevamente se vuelven a enrollar sus ideas. Helmut Heissenbüttel destacó que carta y obra se revelan “vinculadas mutuamente como solo en pocos autores”.[18] Las cartas pertenecen al vestíbulo de la obra: sirven al escritor como reservorio de su pensamiento y comentan el proceso de gestación de los textos. No es casual que Benjamin asegurara sus cartas por medio de copias o extractos; algunas veces incluso les pedía sus cartas a los destinatarios para copiar pasajes. Las cartas pertenecen al ámbito de su recepción, documentan la difusión de sus textos y las reacciones que suscitaron. Contienen también autointerpretaciones del autor; son de tal autoridad que la investigación rara vez puede prescindir de ellas. Así, finalmente, las cartas de Benjamin son testimonios biográficos.[19]
Existe un modelo tipo: las cartas comienzan con descripciones de situaciones, en las que se describen lugares de residencia, viviendas, la salud y el estado de ánimo; en suma, “la magia de las condiciones de trabajo” (GS IV/1, p. 570). A veces ocurre de manera poética, rica en imágenes; a veces, de manera chistosa. A continuación hay información sobre trabajos, planes, perspectivas de publicación del momento, referidas concisamente para los profanos, y desarrolladas argumentativamente para los implicados. Hacia el final de las cartas aparecen a menudo reflexiones generales sobre la época, que con frecuencia se cierran de manera aforística. Benjamin sigue la máxima del señor Keuner[20] según la cual el estilo debería ser citable. Las cartas que se restringen a un solo tema superan las fronteras del género y se acercan al artículo, el ensayo, la reseña o el protocolo de trabajo. Benjamin era absolutamente consciente de esto: “cierre del cuerpo de la redacción” (GB II, p. 436), se dice en una oportunidad; también escribió: “No me tome a mal si estas líneas se asemejan más a un índice de términos que a una carta” (GB VI, p. 315). En ocasiones tiene uno la sensación de que la carta asume la función de diario, y que es un medio para entenderse a sí mismo, más que para comunicarse. Solo de vez en cuando aparecen preguntas acerca del destinatario. Incluso en las cartas de amor –o precisamente en ellas– hablaba Benjamin sobre todo acerca de sí mismo. Por otra parte, llama la atención que las afirmaciones que él mismo hace en las cartas acerca de la obra, las variantes y los esbozos de ideas, sean globos de prueba que directamente exigen respuesta, y usan a la correspondencia como “imitación libre de la conversación” (Gellert).
Resultado de este arreglo de cuentas consigo mismo es la irrupción de un caudal desbordante de ideas de las que se desplegó tan solo una fracción. Muchas cartas son embriones de textos. A menudo median años entre el estímulo inicial y el desarrollo. Algunos pocos ejemplos: en el estudio “Sobre el concepto de Historia”, es constitutiva la idea de que el pensamiento se cristaliza como mónada (tesis 18). Benjamin formuló la idea, que se remonta a Leibniz, ya diecisiete años antes, en una carta a Florens Christian Rang. Planteó allí la pregunta por cómo las obras de arte se relacionan con la vida histórica. Las obras de arte son modelos de una naturaleza; su crítica es representación de una idea. “Su intensa infinitud caracteriza a las ideas como mónadas” (GB II, p. 393). El tema central del artículo “Experiencia y pobreza” (publicado a fines de 1933), que es retomada en “El narrador”, ocupaba a Benjamin ya en 1928: “Por qué llega a su fin el arte de narrar historias” (GB III, p. 425). La célebre formulación de que el historiador materialista considera su tarea “pasarle a la historia el cepillo a contrapelo”, cuando Benjamin la incorporó en “Sobre el concepto de historia” (tesis 7) tenía ya casi diez años. Por primera vez la había empleado en 1931 en una carta a Carl Linfert, el autor del libro Die Grundlagen der Architekturzeichnung (Los fundamentos del diseño arquitectónico):
Usted procedió allí al mismo tiempo, si me permite una expresión figurativa, de modo totalmente distinto de la gran cantidad de historiadores que cepillan una y otra vez lo acontecido hasta dejarlo como nuevo, como si se tratara de un sombrero de copa raído; usted cepilla el pasado, por así decirlo, a contrapelo, de modo que cada hecho está allí aislado, pero el observador puede percibir, a través de lo aislado, la base común de la cual emerge lo aislado (GB IV, p. 42).
En ocasiones, la tradición no permite afirmar si en una carta se está esbozando o citando un texto existente. Véase la carta del 13 de mayo de 1938 a Ferdinand Lion sobre los fragmentos que componen Infancia en Berlín hacia 1900,con el prefacio de la última versión. Benjamin describió el procedimiento subyacente a las viñetas en prosa, de un modo bastante literal, como una vacunación: evoca intencionalmente las imágenes que, en el exilio, despertaron en él con más fuerza la añoranza por su tierra. El sentimiento de nostalgia se enseñoreó del espíritu tan escasamente como una vacuna (cf. GB.VI, p. 79f., y GS VII/1, p. 385).
La subjetividad influye tanto por parte del emisor como por parte del receptor. En el comentario a una carta no incluida en la colección Pensadores alemanes, Benjamin escribió: “Lo característico de la expresión epistolar es no remitir nunca a lo objetivo de otra manera que en la más íntima vinculación con lo personal” (GS IV/2, p. 955). Esto se evidencia en los ya mencionados autocomentarios de Benjamin: variantes tangibles marcadas por el autor, pero también por el receptor. Una investigación sistemática de las relaciones entre los temas y los destinatarios puede aportar información sobre las estrategias de efectos. Adorno sostenía el punto de vista de que Benjamin, como escritor de cartas, se amoldaba de múltiples formas a los destinatarios: “La sensibilidad para la forma y la distancia, constituyente de la carta de Benjamin, en general se coloca al servicio de una cierta diplomacia”.[21] Es cierto que la extensión, el tono y la intensidad de las cartas difieren según el destinatario. Así, las cartas dirigidas a Scholem son detalladas y, atravesando muchos años, comunicativas, también en el plano personal; las dirigidas a Brecht son, por el contrario, concisas y muestran un humor ácido. También la letra y la forma de las cartas varían. Benjamin elegía las tarjetas postales con ingenio y delicadeza. Y es difícilmente casual que, de vez en cuando, prefiriera la máquina de escribir a su propia letra; tampoco era fortuito qué tamaño de letra, qué tinta, qué papel (el color, el formato, el pliego, la calidad) elegía; había confesado a su amigo Alfred Cohn que poseía una “humillante debilidad” por el papel delgado, translúcido y de excelente calidad. A destinatarios de confianza como Florens Christian Rang o Gretel Adorno, Benjamin podía creerlos capaces de entender su diminuta letra; a veces los caracteres apenas alcanzan un tamaño de un milímetro y medio. A Margarete Steffin le escribía, por el contrario, con una letra bien legible, cuatro veces más grande, porque sabía que Brecht también leía la carta. No era precisamente adaptación, sino consideración; no era diplomacia, sino capacidad para colocarse en el lugar del destinatario, expresión de competencia comunicativa.
 
Excurso sobre edición
Basándose únicamente en su escritura, solo es posible juzgar de manera limitada si un autor tiene en cuenta a su interlocutor y cómo lo hace. Desde el punto de vista de la estrategia de publicación, sería aconsejable editar las cartas sin sus respuestas. A decir verdad, las cartas dirigidas a Benjamin han sido transmitidas de manera defectuosa; las que le enviaron antes de 1933 casi desaparecieron por completo. Aún así, sería recomendable ofrecer, junto a las Gesammelte Briefe (Cartas reunidas), una edición completa de Cartas a Walter Benjamin. En la moderna filología de la edición, se impuso la idea de que hay que editar las cartas, en lo posible, junto a sus contestaciones.[22] También esta habría sido la posición de Benjamin. “Para la posteridad, el intercambio epistolar adquiere un carácter especial (mientras que la carta individual lo pierde con relación a su creador en vida)”, le escribe en una carta a Scholem en 1919. “Se editan de manera insensata cartas de cualquiera” (GB II, p. 48). Y, en una reseña del libro Aus Gottfried Kellers glücklicher Zeit (De la época feliz de Gottfried Keller), de 1927, sostenía que, editar “las cartas de los ‘grandes hombres’ sin sus correspondientes respuestas, es una barbaridad” (GS III, p. 84). Es como una conversación en la que solo se editan las contribuciones de una de las partes. Scholem y Adorno incorporaron en 1966 al menos cinco cartas dirigidas a Benjamin, remitiéndose a la conversación viva. Las cartas citadas, en parte, abundantemente en el comentario a la nueva edición son útiles, pero la laguna persiste.
Las ideas de Benjamin sobre las ediciones de cartas se ajustan a los comentarios mesurados y objetivos de las Gesammelte Briefe que tienen a su disposición los lectores atentos y familiarizados con la obra y la biografía del autor. Se aprecia así una de las diferencias de esta edición con respecto a la de 1966, que escatimaba las anotaciones hasta suprimirlas. Esto se apoya en una equivocación de Scholem, quien fundamenta la restricción a lo mínimo necesario haciendo referencia a “las frases de Benjamin en su carta a Ernst Schoen del 19 de septiembre de 1919, en contra de las notas a los epistolarios como una sangría a la correspondencia”.[23] De hecho, Benjamin nunca se expresó en contra de las notas, sino a favor de ellas, cuando criticaba las ediciones que no las incluían. Escribió que, en el siglo XIX, los editores no incluían notas, “por lo cual estos documentos pierden mucha vida, a la manera de un hombre al que se le practica una sangría. Se vuelven pálidos”.[24]
 
“Recompensas de la posteridad”
Ahora bien, ¿qué aspecto muestran las cartas de Benjamin desde la dimensión de la teoría de la recepción? ¿Son las cartas testimonio de la vigencia de un hombre? ¿La mirada de Benjamin se ocupaba de la posteridad? Su propensión a la autoestilización es una disposición inequívoca que, en el fondo, o bien abre o hace estallar el espacio de diálogo al que ingresó junto con el destinatario.
Antes del exilio aparecen alusiones a la posteridad de modo irónico, como comentario sarcástico acerca del fracaso de muchos proyectos. Una expresión característica de este tipo dirigió a su amada Jula Cohn el 9 de abril de 1927: “Pero creo que la posteridad se aburrirá con la lectura de mis cartas acarameladas y halagadoras dirigidas a ti (o si contienen un retrato de ti), se enojará cargada de envidia; y tú debes –ya por el bien de mi correspondencia completa– hacer el sacrificio de recibir estas líneas” (GB III, p. 246). La mirada lúdica respecto de la posteridad se encuentra en forma recurrente también en cartas a Scholem: “Encontrarás esta carta de nuevo muy corta”, escribió Benjamin el 28 de octubre de 1931, “pero algún día un colaborador de la Frankfurter Zeitung, dentro de cien años, para el número 999 de la serie de cartas, hojeará nuestra correspondencia, y ya verás cuán delgado se verá el volumen que integra tus cartas, y cuán grueso el mío” (GB IV, p. 63). Este es un coqueteo con la posteridad, como también dio a conocer Tucholsky, que echa una botella al mar a los editores de la correspondencia en una carta a Hedwig Müller del 16 de mayo de 1934: “Para el editor de esta correspondencia se señalará que sé muy bien cuán rápido podrán los señores volar o recibir telegramas de París a Lyon en el año 2345. Pero no por eso son ustedes más inteligentes”.[25]
Pero la cuestión cobró progresivamente una dimensión por completo seria y hasta trágica. En la medida en que el círculo a su alrededor se estrechaba, Benjamin se planteó la pregunta por qué habría de quedar un día de su existencia. Le contaba a Scholem, el 4 de febrero de 1939, que la viuda de Leo Schestow no podía hacer nada con las obras inéditas de su marido. “¿Qué les dejaremos como legado a los demás alguna vez, además de nuestros propios escritos inéditos?” (GB VI, p. 219). La pregunta deja claro que aquí no había lugar para la ironía. Se corresponde con los planes de Benjamin de edificar archivos de sus escritos; un interés que tenía ya desde temprano, pero que estructuró sistemáticamente recién en el exilio.[26] Las cartas de Benjamin estaban dirigidas a destinatarios concretos, al mundo contemporáneo, pero su escritor estaba inspirado en la esperanza en la transmisión de sus escritos y sus cartas. Como poco a poco casi todos sus proyectos se fueron desmoronando en el exilio, Benjamin se decidió a hacer de las cartas “el medio para las descripciones más detalladas de su obra”; sabía que la supervivencia de esta también habría de depender de sus cartas.[27] Es esta una intención que le comunicó a Gretel Adorno en la primavera de 1940; allí justificó que la posibilidad de reencontrarse con su amiga era muy lejana, pero su intención se dirigía acaso inconscientemente también a los lectores posteriores: “Debemos hacer lo posible por poner lo mejor de nosotros en las cartas” (GB VI, p. 437).
Instruido por anteriores experiencias de pérdida, Benjamin se había preocupado por mantener completo su archivo. Ahora veía “las briznas de hierba y de heno” de su tierra labrantía distribuidas entre varios amigos: Scholem, Adorno, Kraft, Cohn, Brecht; en ningún lugar existía, sin embargo, un “herbolario completo” (GB III, p. 388). Comenzó a hacer fotografiar sus estudios para su protección, como habría de hacerlo Brecht con Ruth Berlau diez años más tarde en Nueva York. “Cada línea que podemos hoy sacar a la luz es –dado el futuro tan incierto al que las entregamos– una victoria que arrancamos a las fuerzas de las tinieblas” (GB VI, p. 379).
Las cartas de Benjamin constituyen tales victorias, y son por eso –en concordancia con la carta de 1919– testimonios de la supervivencia. Lo que podemos comprobar póstumamente tenía que quedar, sin embargo, sin definición para el escritor de las cartas. El efecto retroactivo sobre la vida que él esperaba –la modificación de las cartas transmitidas– no puede ser ni influido ni reclamado por el autor mismo. El interés de Benjamin por tal efecto fue también limitado. No enviaba mensajes a la posteridad, sino que confiaba –incluso cuando la presión se volvió intolerable– en el pensamiento sobrio, basado en la experiencia y en el sano sentido común. Además, habría podido hacer suya la pregunta de Kleist: “¡Fama póstuma! ¿Qué es esta cosa curiosa que uno solo puede disfrutar cuando ya no está?”.[28] Su última declaración sobre el tema se encuentra en una carta a Scholem del 14 de marzo de 1939. Max Horkheimer le había informado que el Instituto de Investigación Social debía suspender los estipendios. Benjamin escribió que había que aceptar todo encargo que entrara dentro del ámbito de sus posibilidades de trabajo. No había tiempo que perder. En los últimos años tenía la esperanza de “llegar alguna vez al Instituto de una manera medianamente digna de un ser humano”. A la larga, sería duro volver a caer otra vez por debajo del mínimo de existencia. “Además, las tentaciones que ejerce el mundo contemporáneo en mí son demasiado débiles; y las recompensas de la posteridad, demasiado inciertas” (GB VI, p. 236).


Trad. de María Belforte. Trad. y publ. por gentil autorización del autor.
 
[2] Braun, Volker, “Büchners Briefe”. En: –, Texte in zeitlicher Folge, vol. 5, Halle/Leipzig, 1990, p. 305.
[3] Kafka, Franz, Drei Briefe an Milena Jesenská vom Sommer 1920. Edición facsimilar, editada por K. D. Wolff y Peter Staengle con la colaboración de Roland Reuss, Basilea/Frankfurt a/M, 1995, p. 23. “Lunes/ Ahora querría escribirte algo más siguiendo la argumentación de la carta anterior: entonces recibí cuatro cartas, por cierto no todas juntas; en primer lugar, una en la que te lamentas por haberme escrito acerca de un desmayo; un ratito más tarde, una que escribiste inmediatamente después del desmayo junto con aquella otra muy bonita; y, finalmente, un rato más tarde, la carta que se refería a Emilie. No sé bien cuál es el orden de las mismas, ya no anotas los días” .
[4] Adorno,Theodor W., “Vorrede der Herausgeber/II”. En: Benjamin, Walter, Briefe.Editado y anotado por Gershom Scholem y Th.W. Adorno. 2 vols., Frankfurt a/M, 1966, vol. I, p. 17.(Hay trad. castellana:Adorno, Th. W., Sobre Walter Benjamin,Madrid, Cátedra, 1995, pp. 62-69.)
[5] Ibíd., p. 15.
[6] Gershom Scholem a Franz Sachs, 5 de abril de 1963. En: -, Briefe II 1948-1970. Ed.de Thomas Sparr, Múnich, 1995, p. 92.
[7] Gerschom Scholem: “Vorrede der Herausgeber/I”. En: Benjamin, W., Briefe,(nota 3), p. 7.
[8] Walter Benjamin: Gesammelte Briefe (edición del Theodor W. Archiv), 6 vols., Frankfurt a/M, 1995-2000. A continuación las citas de esta edición referidas bajo la sigla GB, junto con el número de vol. y de página.
[9] Deutsche Menschen. Eine Folge von Briefen. Selección e introducciones de Detlef Holz, Lucerna, 1936, cf. Walter Benjamin, Gesammelte Schriften. Ed. de Rolf Tiedemann y Hermann Schweppenhäuser, con la colaboración de Th.W. Adorno y Gershom Scholem, Frankfurt a/M, 1972-1989, vol. IV/1 (1972), pp.149-233. En: adelante citado bajo la sigla GS. (Hay trad. castellana: Personajes alemanes, Barcelona, Paidós, 1995).
[10] Cf. para este punto también Detlev Schöttker, Konstruktiver Fragmentarismus. Form und Rezeption der Schriften Walter Benjamins, Frankfurt a/M, 1999, pp. 94s.
[11] Ibíd., p. 98.
[12] Cf. íd. también la bella alusión a las parejas de la colección surgidas a través de carta y comentario, que como parejas entran en el arca.
[13] La palabra Holz en alemán significa madera (n. de la trad.).
[14] Bertolt Brecht a Lisa Tetzner, [junio de 1935]. En: Autographen aus allen Gebieten, Catálogo 672, subasta del 16 y 17 de noviembre de 1999, Berlín, Stargardt, 1999, p. 19.
[15] Heinrich Blücher a Walter Benjamin, 16 de febrero de 1937. Walter Benjamin Archiv 25.
[16] El autor se refiere a las tres cartas que cita a continuación (n. de la trad.).
[17] GB IV, p. 408. Cf. Schöttker, D. Konstruktiver Fragmentarismus, (nota 9), pp. 94s.
[18] Heissenbüttel, Helmut, “Vom Zeugnis des Fortlebens in Briefen”. En: Merkur 21/3, (1967), pp. 232-244; aquí, p. 235.
[19] Sobre las cartas de Benjamin cf. además de la contribución de Heissenbüttel, entre otras cosas, Werner Kraft, “Walter Benjamin hinter seinen Briefen”. En: Merkur 21/3, (1967), pp. 226-232; Gerd Mattenklott, “Benjamin als Korrespondent, als Herausgeber von Deutsche Menschen und als Theoretiker des Briefes”. En: Walter Benjamin, 1892-1940, zum 100. Geburtstag. Ed. de Uwe Steiner, Berna [et al.], 1992, pp.  273-282; Chryssoula Kambas, “Walter Benjamin –Adressat literarischer Frauen”. En: Weimarer Beiträge 39/2, (1993), pp. 242-257; y ahora ante todo Klaus Garber, que traza un retrato de Benjamin a partir de sus cartas e investiga destinatarios, encabezamientos, aperturas, cierres, condiciones de escritura, etc. Klaus Garber, Walter Benjamin als Briefschreiber und Kritiker, Múnich, 2005, pp. 11-143.
[20] Se trata aquí de un personaje de B. Brecht (n. de la trad.).
[21] Adorno, Th. W., “Vorrede der Herausgeber /II”, (nota 3), p. 20. Cf. con la referencia de Scholem, según la cual distintos matices y entonaciones reflejan la riqueza de la personalidad de Benjamin (ibíd., p. 10). Véase también la de Rolf Tiedemann, según la cual Benjamin fue un escritor de cartas cauteloso, que siempre escribía sus cartas considerando y respetando al destinatario respectivo, y reservándose para sí mismo lo decisivo con demasiada frecuencia (cf. GS V/2, p. 1082).
[22] Cf. Woesler, Winfried, “Vorschläge für eine Normierung von Briefeditionen”. En: editio, vol. 2, Tubinga, 1988, p. 9.
[23] Cf. Scholem, Gerschom, “Vorrede der Herausgeber /I”, (cf. nota 6), pp. 10s.
[24] GB II, p. 48. Las ventajas decisivas de la nueva edición respecto de la anterior se refieren a la expansión del volumen de 327 a 1.388 escritos y a los principios de tratamiento del texto. En la edición de 1966, con referencia a las restricciones del volumen, se aplicaron redundancias y abreviaturas que afectaban derechos personales y que en parte eran escandalosas; esto abarcaba tanto las aclaradas como las que no lo estaban, lo que por su parte desencadenó la irritante disputa por el legado de Benjamin. Ahora las cartas se corresponden con su transmisión.
[25] Tucholsky, Kurt, Briefe aus dem Schweigen 1932-1935. Briefe an Nuuna. Ed. de Mary Gerold-Tucholsky y Gustav Huonker, Reinbek bei Hamburg, 1977, p. 111
[26] Cf. Erdmut Wizisla, “ ‘Verzettelte Schreiberei‘. Walter Benjamins Archiv”. En: Sinn und Form 58/2 (2006), pp. 265-273. En relación con el tema de Benjamin como archivista de sus propios escritos cf. el catálogo de la exposición: Walter Benjamins Archive. Ed. del Walter Benjamins Archiv, Frankfurt a/M, 2006.
[27] Schöttker, Konstruktiver Fragmentarismus, (nota 9), p. 97.
[28] Heinrich von Kleist a Wilhelmine von Zenge, 15 de agosto de 1801. En: Kleist, Heinrich von, Werke und Briefe in vier Bänden. Ed. de Siegfried Streller [et al.], vol. 4.