El trabajo en debate, Ana C. Dinerstein, Michael Neary (compiladores)

Zangaro, Marcela B.

Ediciones Herramienta, 2009, 304 páginas.

 
¿Qué se debate? Acerca de El trabajo en debate
 
Desde hace ya algunas décadas vemos correr ríos de tinta en torno al tema del trabajo. Generalmente las aguas alimentan debates de variado nivel de profundidad, relativos a distintos aspectos del tema en cuestión. De manera muy esquemática podríamos decir que se preocupan por determinar si el trabajo conserva o no un papel central como articulador de las relaciones sociales y de las identidades individuales y colectivas. A la vez, cuestionan si las transformaciones experimentadas en el ejercicio mismo del trabajo implican o no su desplazamiento de la función central de creador de valor. También versan acerca de si, dadas las transformaciones generales experimentadas en las relaciones laborales durante las últimas décadas, el fin del trabajo es actual, inminente o sencillamente inexistente. ¿A cuál de estas corrientes aporta sus aguas El trabajo en debate? Afortunadamente, a ninguna en especial. 

Para entender por qué, comencemos por un rastreo (facilitado por el artículo de De Angelis) de los supuestos que subyacen a los textos incluidos en el libro. Los autores tienden a coincidir en que, a pesar de las narrativas, no hay declive del trabajo (abstracto); que en las sociedades capitalistas este aspecto del trabajo es alienado, impuesto y de carácter ilimitado; que el trabajo incluye formas salariales y no salariales (aunque sobre este supuesto en particular se encontraría quizás el mayor punto de  discrepancia, como lo muestra la discusión entre Holloway y Clarke); que la “imposición” del trabajo debe llevarse a cabo en un marco estratégico dado que es un espacio de lucha; y que, en el período actual, el capitalismo apunta a la intensificación del trabajo como reacción a la lucha que se viene desarrollando en su contra desde hace ya varias décadas. Estos supuestos se asientan en otros dos, si se quiere, más generales. El primero, que capital y trabajo no son entidades ni realidades abstractas sino que se definen en los términos de la relación socio-histórica (no lógico-deductiva) que entablan. El segundo, derivado del anterior, que es necesario evitar la petrificación del trabajo y del capital en categorías económicas o sociológicas a priori y transhistóricas.

El hecho de que El trabajo en debate no se sume a la corriente habitual de las discusiones es una consecuencia que se deriva de sostener estos supuestos. El conjunto de los artículos no se posiciona dentro de alguna de las opciones tradicionalmente planteadas ni pretende proporcionar una respuesta “novedosa” en el marco establecido del debate, sino que pone en cuestionamiento y problematiza los términos y las condiciones en los que el debate mismo es planteado. De ahí su “novedad” e importancia: se coloca en un nivel más profundo de la corriente a partir del cual presenta su opción teórica y política concreta dado que, en términos de Dinerstein y Neary, el problema con el trabajo capitalista es el tipo de sociedad que genera. Lo importante, entonces, es producir un marxismo que esté en contra de la sociedad en lugar de un marxismo que busque establecerse sólo como teoría de la sociedad, como sostiene G. Rikowski en su interesante artículo. Lo que importa no es debatir para elegir entre descripciones sino debatir para pensar cómo abolir la relación capital-trabajo.
 
Intelectuales (o no) y categorías de pensamiento
 
Algunos debates marxistas se asemejan a una lucha por imponer una interpretación “correcta” de la realidad del trabajo (y del capital, de las clases, de la revolución, etc.). Esto implica la intención de generar el discurso que refleja mejor lo existente y que, al hacerlo, sanciona la validez de una realidad preconstituida. Cuando esas conceptualizaciones llegan a consolidarse en el “sentido común” de esa realidad (en palabras de G. Taylor), se convierten en parámetros anquilosados e inmovilizantes. Son object-centered: se nutren de una fascinación por lo dado que evade la comprensión de que el pensamiento es una actividad que, al relacionar sujeto y objeto, los constituye a ambos (y con esto nuestra balanza se inclina a favor de Holloway).
Al plantear la necesidad de ejercer una reflexión crítica y coherente no sólo de las categorías utilizadas para pensar el trabajo sino también de las condiciones reales de la práctica como intelectuales, como marxistas, el eje de la preocupación cambia. Ya no se trata del objeto y su verdad sino de las condiciones de posibilidad del objeto, del pensar y del decir sobre el objeto. Los textos de Holloway y Clark, el de Taylor, los de Bonefeld y Cleaver (dos de los más destacables) y el de Rikowski se inscriben claramente en esta línea. Los dos primeros al poner en discusión el lugar, la responsabilidad, el valor de la palabra y el compromiso del intelectual marxista (o del marxista a secas) que piensa el trabajo, el capital y la sociedad en general. Los restantes, al evaluar críticamente categorías de pensamiento como clase, epistemología, trabajo, capital humano. El resultado de esta evaluación crítica es la necesidad, como sostiene Cleaver, de revisar y rechazar las categorías que el capitalismo ha habilitado para pensarse a sí mismo. Si es verdad, al decir de Neary, que el capital ha aumentado su dominio al ensanchar su incursión en todos los aspectos de la actividad humana, es necesario que la crítica implique una apertura hacia la búsqueda de nuevos conceptos y nuevas categorías que den cuenta de ello. Vayan como ejemplos el concepto de panóptico fractal de De Angelis o el biocentrismo mencionado por Cleaver. Si el capital se mueve, también debe hacerlo el pensamiento.
Ahora bien, desde mi punto de vista, el enfoque crítico que guía El trabajo en debate y que pone en discusión de manera sistemática y constante los conceptos de capital, trabajo, crítica, empleo y desempleo parece haber dejado de lado los conceptos de sujeto y de subjetividad (hecho que el artículo de Dinerstein haría más evidente, a pesar de las intensiones manifestadas por la autora). En su trabajo, por ejemplo, Holloway sostiene: “Aunque las personas son seres con sus características específicas y prácticas creativas bajo el capitalismo existen como objetos, deshumanizados y privados de su subjetividad” (p. 42), como si la subjetividad fuera un a priori, un bien, una cualidad, un producto, del cual las personas pudieran ser expropiadas. El problema, quizás, es que este autor pasa directamente de considerar que la fetichización como proceso conlleva una objetivación de los sujetos a que esa objetivación implica una imposibilidad de subjetivación. Considerar que hay una “confiscación” de la subjetividad implica considerar que el sujeto es sólo y únicamente objeto. Pero, de ser así, seríamos conducidos justamente a lo que este autor no quiere: fetichismo duro, cerrado. Si se quiere considerar el fetichismo como proceso hay que tener en cuenta que hay una subjetivación que, como proceso, subjetiva a los sujetos en la objetivación. Las modalidades que adquiere la objetivación del sujeto en las diferentes coordenadas sociohistóricas van conformando subjetividades particulares.
Ese proceso de subjetivación es lo que todos producimos, reproducimos y ayudamos a reproducir en la repetición irreflexiva de las relaciones y las condiciones sociales capitalistas. Aquí es donde veo un uso a-crítico de la categoría de subjetividad. Al faltar la problematización, pareciera aceptarse que la subjetividad es un bien, una propiedad que puede ser expropiada y que en algún momento podría ser devuelta. Siempre hay subjetividad, siempre hay sujetos: escindidos, rotos, fetichizados, heridos, porque la subjetividad es un proceso en constante ejecución. No sabemos cómo sería una subjetividad no capitalista o postcapitalista, porque no sabemos cómo serían las relaciones sociales entabladas por fuera del capitalismo. Sólo podemos anticipar cómo quisiéramos que fueran, qué no estaríamos dispuestos a repetir en esas relaciones.
 
Intelectuales (o no) y responsabilidad
 
El trabajo en debate es un ejemplo de cómo algunos intelectuales (o no) asumen las responsabilidades inherentes a su quehacer. La primera de ellas, de reflexionar de manera crítica sobre sus propias condiciones y herramientas de producción intelectual, es decir, sobre sus propias condiciones de trabajo. Asumir esta responsabilidad implica una diferencia entre pensar-hacer y pensar-contemplar, diferencia que conlleva un posicionamiento político concreto. Si retomando a Bonefeld afirmamos que “en el mundo de las convicciones filosóficas no se necesita cambiar las condiciones desfavorables, sino interpretarlas de un modo más favorable”, podemos decir que este texto no engrosará las aguas de la corriente de la filosofía académica.
La segunda responsabilidad que asume, íntimamente vinculada con la anterior, se relaciona con la necesidad no sólo de pensar el presente sino también el futuro (como sostiene Cleaver). Quizás ésta sea la que represente el mayor desafío. No se trata de imaginar qué se puede hacer dadas las condiciones actuales de la relación capital-trabajo. Más bien de lo que se trata es de hacer implosionar dicha relación, de elaborar teoría contra la sociedad, de remover constantemente las aguas estancadas. Porque, así como el fetichismo es constante proceso, también la crítica.