"El significado de Haití": Tragedia, historia, cultura, filosofía

Gogol, Eugene

La profundidad de la tragedia de Haití parece inconmensurable. Al desastre natural provocado por un poderoso terremoto le siguen ahora las consecuencias, agravadas por factores que no han sido impuestos por la naturaleza. Es imposible obtener una cifra exacta de los muertos, pero superan sin duda los 200 mil. Decenas y decenas de miles de heridos, muchos de ellos todavía apenas atendidos; otros, tan tarde, que la amputación de miembros infectados se convirtió en el único tratamiento posible. Decenas de miles de viviendas en los barrios marginales de Port-au-Prince se derrumbaron y sus escombros se desparramaron por las laderas. Ahora, cientos de miles de personas no sólo quedaron sin hogar, viviendo en las calles a la espera de tiendas de campaña como refugio temporal, sino que cada día precisan de asistencia alimentaria. 

Si bien es cierto que hace más de 200 años que un terremoto tan potente no había afectado a Haití, son susprecarias condiciones de vida las que han hecho a los haitianos particularmente tan vulnerables a las consecuencias de este terremoto, condiciones que han estado presentes hace ya mucho tiempo y han empeorado durante décadas.

La vulnerabilidad ante los desastres naturales se encuentra prácticamente en proporción directa a la pobreza. “Las secuelas del terremoto no tienen origen natural, ni se deben a una mano divina”, señaló Debarti Guha Sapir, director del Centro para la Investigación sobre la Epidemiología de los Desastres de la Organización Mundial de la Salud. “La gente también va a morir ahora por falta de atención médica continua. Muchos de quienes sobrevivieron al terremoto no podrán sobrevivir por mucho tiempo debido a esa falta de una atención médica adecuada.”

La devastadora pobreza de Haití es la razón principal del carácter miserable de tantas viviendas. Las personas que viven con un promedio de dos dólares diarios no pueden pagar la construcción de algo que pueda resistir terremotos o huracanes. El cemento es caro y frecuentemente es mezclado con una excesiva cantidad de arena para bajar su costo. Los refuerzos de acero raramente son utilizados. Debido a la gran deforestación que ha sufrido el país, dado que los haitianos talan los bosques para hacer carbón para cocinar, la madera es un material de lujo para la construcción. El desastre medioambiental que es Haití se ha ido creando durante décadas.

A su vez la pobreza no es un problema puramente interno, sino una condición impuesta a Haití a lo largo de su historia, por potencias dominantes como Francia y los Estados Unidos, a la que se ha sumado la complicidad o la indiferencia de docenas de países ante las deplorables condiciones de vida y de trabajo (o a la falta de trabajo) que las masas de haitianos enfrentan cotidianamente en sus vidas.

Hay que reconocer, en homenaje a la gran mayoría de los haitianos, que al contrario de lo que propagaban los alarmantes relatos sobre saqueos y violencia, durante el terremoto se puso de manifiesto la capacidad de resistencia, de dignidad y su simple humanidad por parte de la mayoría de la población. Inmediatamente después del desastre actuaron con rapidez en las actividades de salvamento, sacando de los escombros y potenciales derrumbes a los heridos y llevándolos a donde pudieran ser atendidos. En los días siguientes, los haitianos combatieron el hambre, pero no mediante el acaparamiento, sino compartiendo solidariamente, en comunidad, los alimentos que pudieran obtener.
 
Esto no es casual. Los haitianos son un pueblo orgulloso. Han soportado mucho, no sólo en estos momentos, sino durante décadas: devastaciones ecológicas y humanas, algunas de origen natural y otras provocadas por el hombre, represiones dictatoriales, ocupaciones militares imperialistas, la explotación neoliberal, así como desatención por parte del mundo exterior. Resistencias, rebeliones y, de hecho, revoluciones, comenzaron hace ya siglos.
 
La isla La Española (que luego se dividiría en dos países, Haití y República Dominicana) fue “descubierta” por Cristóbal Colón en 1492, y colonizada por el imperio español. La población indígena (los taínos) fue obligada a trabajar en las minas de oro, y se extinguió en su mayoría debido a los malos tratos, la desnutrición y la falta de inmunidad a las enfermedades procedentes de Europa.
 
Los españoles comenzaron entonces a importar africanos como esclavos en 1517. Al final del siglo xvii la isla fue dividida entre Francia y España, tomando la primera el tercio occidental de la superficie total al que denominó Saint-Domingue. En 1790, Saint-Domingue era la colonia más rica del hemisferio occidental. Medio millón de esclavos africanos trabajaban en sus plantaciones, y suministraban a Europa grandes cantidades de azúcar y café. Tan brutales fueron las condiciones de explotación, que tenían que importarse continuamente miles de africanos para sustituir a aquellos que morían.

La brutalidad de las condiciones de explotación, la creatividad de los esclavos de origen africano y los vientos renovadores alentados por la Revolución Francesa “conspiraron” para desatar una masiva revuelta de esclavos en 1791:
 
En un conflicto muy complejo que duró una década, estos esclavos-soldados africanos, al mando de líderes legendarios como Toussaint Louverture y Jean-Jacques Dessalines, derrotaron a tres ejércitos occidentales, entre ellos el de la incontenible superpotencia de esa época: la Francia napoleónica. En una guerra cada vez más salvaje -“¡Quemar las casas! ¡Cortar cabezas!” fue la consigna de Dessalines- los esclavos ejecutaron a sus amos blancos o los expulsaron de la isla.
El 1º de enero de 1804, cuando Dessalines creó la bandera haitiana, desgarrando el blanco del medio de la bandera tricolor de Francia, logró lo que ni siquiera Espartaco pudo hacer: había conducido al triunfo a la única rebelión exitosa de esclavos en la historia. Haití se convertía en la primera república negra independiente y la segunda nación independiente en el hemisferio occidental.[1]

Si los vientos de la Revolución Francesa habían alcanzado el Caribe, el gran temor de los gobernantes y los propietarios de las plantaciones en los Estados Unidos era que los vientos de la revolución Haitiana alcanzaran a los trabajadores esclavos negros de los estados del sur. Por ello no es casual que los Estados Unidos, bajo la presidencia de Thomas Jefferson, propietario de esclavos y autor de la Declaración de Independencia, se negaran a reconocer a Haití como un estado legítimo. Sería recién en medio de la Guerra Civil que aboliría la esclavitud, cuando Lincoln reconocería a Haití.
 
Sin embargo, fue G.W.F. Hegel quien reconoció filosóficamente la sublevación/revolución de esclavos en Haití. A comienzos del siglo XIX se encontraba trabajando en su primera obra monumental, La Fenomenología del Espíritu (1807), cuando tuvo lugar el conflicto de Haití. Una de sus secciones cruciales fue la de señorío y servidumbre, la lucha por el reconocimiento, o la dialéctica amo-esclavo. Hegel escribió sobre cómo inicialmente el amo era “el poder que domina la existencia”, manteniendo subordinado al esclavo. Sin embargo, en el trabajo, “en la configuración de la cosa, la auto-existencia [del esclavo] llega a sentirse de manera explícita como su propio ser”. “El esclavo toma conciencia, a través de este nuevo descubrimiento de sí mismo, de tener y de ser una ‘conciencia de sí’.” Hegel escribió sobre dos auto-conciencias, la del amo y la del esclavo, de dos mundos que se convierten en lucha de vida o muerte. El riesgo de la vida tomado para destruir al otro es la “auto-actividad”, porque “es únicamente arriesgando la vida que se obtiene la libertad”.
 
Cuando en el pasado los historiadores de Hegel se preguntaban sobre la fuente de esta dialéctica amo-esclavo, la buscaron en la filosofía griega, o la veían como una construcción abstracta sin antecedentes históricos. Sin embargo, recientemente la obra de Susan Buck-Morss ha arrojado una luz importante sobre sus orígenes señalando la contemporaneidad de la revolución Haitiana y los escritos de Hegel en La Fenomenología:
 
Nadie se ha atrevido a sugerir que la idea de la dialéctica del señorío y la servidumbre se le ocurrió a Hegel en Jena durante los años 1803 al 1805 a partir de la lectura de diarios y revistas. Y aún, este mismo Hegel, en este mismo período de Jena durante el cual se concibió la dialéctica amo-esclavo, hizo la siguiente anotación: “Leer el periódico a la mañana es una suerte de oración laica matutina. Se orienta la actitud de uno frente al mundo y hacia Dios (en un caso), o hacia lo que es el mundo (en el otro). La primera da la misma seguridad que la segunda, de saber dónde se encuentra uno”.[2]
Buck-Morss documenta cómo las noticias de la revolución aparecían en los periódicos y revistas franceses y alemanes de la época, de las que, sin duda, Hegel estaba enterado. Este entrelazamiento de Haití y de Hegel, un tema no investigado, puede llevarnos a profundizar en la relación de luchas por la libertad y el pensamiento dialéctico. El pueblo de Haití no sólo entró en forma decisiva en la historia de la revolución a inicios del siglo xix; también entró en la dialéctica revolucionaria de la negatividad de Hegel.
 
Las consecuencias provocadas por esta segunda revolución en el Nuevo Mundo fueron a la vez profundas y contradictorias. No sólo los Estados Unidos se negaron a reconocer a la nueva nación, sino que Francia intentó invadir Haití dos veces. Esta amenaza terminó solamente cuando Francia demandó y obtuvo reparaciones por la pérdida de territorio, de sus propiedades (los esclavos) y del comercio de esclavos. Bajo la amenaza de invasión y bloqueo, Haití fue obligado a pagarle a Francia durante muchas décadas, incapacitándolo así para toda posibilidad de desarrollo económico.
 
La nueva nación haitiana tuvo una relación importante con lo que serían las guerras de independencia en América Latina. Simón Bolívar fue el primero en recibir refugio, y luego ayuda financiera y militar para su lucha por la liberación de Venezuela, bajo la condición de que liberara a los esclavos que encontrara en su campaña militar por la independencia sudamericana.
 
Sin embargo, en Haití surgió una nueva forma de explotación:
 
Los esclavos se habían convertido en soldados de una revolución victoriosa, y los que sobrevivieron exigieron como recompensa una parte de la rica tierra en la que habían trabajado y sufrido. Poco después de la independencia la mayoría de las grandes plantaciones fueron divididas, entregadas a los antiguos esclavos, haciendo de Haití un país de pequeños propietarios, en el que el campo permaneció aislado, y el lenguaje, la religión y la cultura, principalmente africana.
No pudiendo sustituir a los blancos en sus plantaciones feudales, la nueva elite de Haití se desplazó de la propiedad de la tierra a la lucha por el control de la única institución que podía imponer tributos a sus productos: el gobierno. Aunque los esclavos liberados trabajaban en sus pequeñas parcelas, los poderosos extraían los frutos de su trabajo por medio de los tributos.[3]
 
En el siglo XX Haití fue objeto de una serie de invasiones y ocupaciones. La más destacada fue la ocupación militar de los Estados Unidos, desde 1915 hasta 1934. El retiro de los Estados Unidos no significó el fin de su dominio. Su presencia sólo tomó una forma diferente, a través de su consentimiento y apoyo a la dictadura de los Duvalier, padre e hijo.

Recién en las décadas de los ochenta y noventa surgió un poderoso movimiento por la autodeterminación bajo el liderazgo de un ex sacerdote, Jean-Bertrand Aristide, quien hablaba y practicaba la teología de la liberación. En 1991 éste ganó la presidencia, con más de dos tercios de los votos, en la única elección libre y democrática en la historia de Haití. Este movimiento, principalmente de los pobres de Haití, se conoció como Lavales (la inundación o el torrente). Para las familias ricas que controlaban gran parte de la riqueza dentro de Haití y para los Estados Unidos, una presidencia de Aristide y el poderoso movimiento desde abajo que él representaba y conducía se volvió intolerable. Por lo tanto, no fue ninguna sorpresa el derrocamiento de Aristide y los ataques asesinos llevados a cabo contra los miembros de Lavales y sus simpatizantes.
 
No hace falta detallar los pactos y maniobras de los grupos privilegiados, ni la actuación de las bandas criminales y las calamidades terribles que caracterizaron la última década del siglo XX y la primera del siglo XXI. Ello se tradujo en terribles golpes contra el movimiento popular haitiano. Para consolidar esta destrucción de la auténtica autodeterminación de los haitianos, se ha propagado, y a veces impuesto, sobre los pobres de Haití de un número increíble de organizaciones de “ayuda”, humanitarias, religiosas, ecológicas, médicas, de las Naciones Unidas, etcétera, todas con sus diferentes programas “para ayudar” a los haitianos. Estas ayudas ya habían comenzado en la época de la dictadura de Duvalier y llegaron a ser casi innumerables en el período más reciente. Con seguridad alcanzarán mayores alturas en este mundo post-terremoto. El fotógrafo Daniel Morel, nacido en Haití, al llegar a este escenario de la ayuda en los primeros días después del terremoto, dijo:
 
Desde el primer día del terremoto, lo tengo todo. Estoy en la calle cubriendo lo que otros no cubren. Estoy cubriendo el pueblo. Quiero que salga su voz. La ayuda masiva viene todos los días. Un enorme avión de carga aterriza cada 15 minutos en el aeropuerto. ¿Qué pasó con esa ayuda? ¿Por qué la gente todavía tiene que comprar su propia receta en el hospital? Esa es la pregunta que me hago yo y el mundo (…) Están jugando con la gente de aquí. CNN está jugando con la gente (…) Están haciendo aquí el negocio del espectáculo (…) Todo lo que quiero decir es: dejen de jugar con mi pueblo. ¡Dejen de jugar con mi pueblo! Si quieren ayudar, ayuden. No vengan aquí para el negocio del espectáculo (…) Están jugando de nuevo con el pueblo haitiano (…) La prensa está jugando con ellos. El gobierno está jugando con ellos. La ONU está jugando con ellos. Esa es la razón por la que no estoy muy entusiasmado cuando hablan de la reconstrucción de Haití.[4]
 
Es contra este asalto –económico, militar, humanitario– que necesitamos volver a centrarnos en el pueblo de Haití, en su larga historia de resistencia y rebelión, y en lo que va a hacer ahora. Su futuro dependerá, en gran medida, de su pasado, de su historia, de su cultura, con sus raíces en África y su forma permanente de la resistencia y rebelión. En la revolución de Haití “la mayoría de ese medio millón de negros había nacido en África, hablaba lenguas africanas, adoraban dioses africanos” (Danner). Incluso cuando, en los siglos siguientes, algunas de las tradiciones originales desaparecieron, aparecieron nuevos modos de resistencia, arraigados en el desarrollo cultural del pueblo haitiano: la religión de su propia creación y no la de sus opresores; el lenguaje, no el de los ocupantes, ya sea francés o de habla inglesa, sino creole, relacionado con el francés, pero distintivo de los haitianos.
 
La cuestión es: con la destrucción sin precedentes por el terremoto, junto con la enorme afluencia de la ayuda necesaria, pero controlada por el exterior o por las poderosas elites internas, ¿qué pasará? ¿Cuál es el futuro de la cultura, de la creativa resistencia y autodeterminación del pueblo haitiano?
 
Maggie Steber, quien ha trabajado en proyectos haitianos, fotografiando y documentando sus vidas y sus penurias durante más de veinte años, escribió un breve ensayo en el período inmediatamente posterior al terremoto, “Una cultura también bajo riesgo”:

Port-au-Prince - Diez días después del terremoto. ¿Por dónde empezar y qué decir? … Devastado por la pérdida de su gente y de sus lugares, Haití se encuentra al borde de perder algo más valioso –tan audaz como suena todo esto en medio de la muerte– porque es trascendente. Haití está por perder su cultura. La cultura describe a un pueblo más que nada. Se deriva de la historia. Es el cemento que mantiene unida una nación cuando todo lo demás fracasa. Pero ahora también se puede perder, bajo los esfuerzos bien intencionados de la reconstrucción por la comunidad internacional. En Haití, la cultura es algo efímero que flota justo por encima de la batalla por la vida cotidiana. En ella se inserta una identidad con los ancestros que debe ser respetada, una historia marcada por la violencia inimaginable y una resonante victoria sobre la esclavitud, un carácter que puede parecer excéntrico en otras partes, pero funciona muy bien aquí, una tradición de arte, de música y de narraciones increíbles, e incluso el vudú, que –a pesar de lo que afirman los misioneros– es quizás el aspecto más importante de la vida de los campesinos y de los habitantes de los tugurios (…) Por todo a mi alrededor, veo una pérdida mayor. Y los haitianos lo ven también. Los haitianos tenían su cultura, aunque más no sea. Si el mundo va a reconstruir Haití, los haitianos deben tener voz y voto. Y no sólo la burguesía, que lo más probable es que desee ver a Port-au-Prince convertida en una moderna ciudad sin identidad.[5]

La cuestión es: ¿Quién decide en Haití por la cultura, la vida y el trabajo del pueblo haitiano, por la nación haitiana? Que Haití necesita una gran cantidad de ayuda es innegable. Pero la experiencia de la asistencia a Haití, no sólo en las últimas décadas sino en toda su historia, es pésima. La explotación, el racismo, la invasión y la dominación militar; la represión, la corrupción, las bandas criminales creadas y manipuladas por las dictaduras y las élites internas; las potencias extranjeras y los dirigentes nativos, a menudo trabajando de común acuerdo para cerrar toda posibilidad de libre determinación, de verdadero desarrollo en términos materiales y humanos. Todo esto es la historia real y la verdadera realidad de Haití.
 
Es hora de otra realidad, otra historia -un nuevo comienzo humano- arraigado en las propias masas de haitianos, en sus ideas y sus acciones. No hay otro camino viable.
 

 Enviado especialmente por el autor para su publicación en Herramienta.
 
[1]Mark Danner, “To heal Haiti, look to History, not Nature”, New York Times, 21 de enero de 2010.
[2] “Hegel y Haití”, Critical Inquiry¸ Vol. 26, No. 4 (verano 2000), págs. 821-865. Véase su Hegel, Haití y la Historia Universal. Universidad de Pittsburg, 2009, donde ella también ha investigado la cuestión de la escritura, o no escritura, de la historia como historia universal.
[3] Danner, op. cit.
[4] New York Times, 27 de enero de 2010.
[5] New York Times, 21 de enero de 2010.