La violencia contra la naturaleza o el poder desnudo de las transnacionales

Rulli, Jorge Eduardo

  Millones de argentinos sufren el hambre y la desnutrición, en la tierra que alguna vez fuera llamada granja del mundo. Otros millones se alimentan malamente con comidas industrializadas que, jamás habrían imaginado ingerir sus antepasados. En el Paraguay de Lugo el ejército todavía suele acompañar a las topadoras, a las máquinas de siembra directa y a los fumigadores brasiguayos, mientras el éxodo a las ciudades como Asunción se torna masivo. En Brasil, el gobierno de Lula acepta ser el exponente más claro del nuevo modelo de las corporaciones, y mientras presiona en los foros internacionales a favor de los biocombustibles convierte al Cono Sur en su patio trasero y de repoblamiento poblacional. En Uruguay, los líderes del Frente Amplio le demuestran al mundo su propia experiencia en socialismo municipal a la vez que su enorme indiferencia respecto al medio ambiente: no son capaces siquiera de comprender que las papeleras expresan un modelo de país monocultor de eucaliptos, que la soja contrabandeada desde la Argentina para no pagar las retenciones y la aprobación de semillas genéticamente modificadas como el arroz con caroteno, configuran el destino colonial del Uruguay en el siglo XXI. En Bolivia, la intervención de Lula y de Cristina ante la amenaza de la guerra civil, logró que se quitara de la nueva Constitución la prohibición a los organismos genéticamente modificados y ello parece haber detenido la confrontación, probablemente también los ímpetus de cambios existentes. El movimiento secesionista santacruceño se apoya fundamentalmente en los intereses de los sojeros y arroceros del departamento de Santa Cruz, cuyas exportaciones crecientes casi equiparan hoy a las exportaciones del gas boliviano. Desde estas perspectivas, tanto de la ecología como de la implantación de nuevos procesos de colonialismo corporativo, el común de las miradas que tan sólo logran un recuento de países latinoamericanos ordenados a izquierdas o a derechas, parecieran evadir la creciente complejidad de las situaciones locales, y nos hacen prisioneros de la confusión de los viejos paradigmas de los años 60 y 70 sin poder resolver los desafíos del presente. 

 

Hace años manifestamos: 
El proceso de globalización impuso a la Argentina en los años 90 un modelo de país productor de transgénicos y exportador de forrajes. Las consecuencias son ahora fáciles de advertir: inmensos territorios vaciados de sus poblaciones rurales, cientos de pueblos en estado de extinción, 400 mil pequeños productores arruinados y muchísimos más endeudados con los bancos debido al desequilibrio financiero que les causó la adopción de nuevos paquetes tecnológicos con gran dependencia a insumos, semillas OGMs, herbicidas de Monsanto y carísimas maquinarias de siembra directa.
 
Este modelo de exportación de forrajes ha sido perverso, pues su lógica fue la del aumento constante de esas exportaciones y ese crecimiento fue en desmedro de las producciones de alimentos. El hambre es entonces, y más allá de los discursos hipócritas de la clase política, una consecuencia directa e inevitable del modelo elegido de agroexportación de commodities. Cuántos mayores daños todavía, nos preguntamos, podrá provocar la etapa de exportación de agrocombustibles en la que estamos entrando aceleradamente. De esa manera, tanto el éxito del modelo cuanto los récord de cosechas que se obtienen, se traducen inmediatamente como mayor pobreza, indigencia y hambre para las poblaciones, a la vez que récord de niños nacidos con malformaciones, aumento en el índice de cáncer y enfermedades producidas por la contaminación de los tóxicos de la agricultura.
La violencia contra la naturaleza, expresa hoy en todo el continente el poder desnudo de las transnacionales, esa violencia se ejerce especialmente sobre las tierras campesinas devastadas, y sobre los agroecosistemas que son arrasados impiadosamente. La megaminería con uso de cianuro, la agricultura industrial de transgénicos acompañada de intensas cantidades de venenos, la implantación de árboles para madera y pasta de papel en desmedro de las cubiertas forestales y de monte natural, la producción de etanoles y biodiéseles obtenidos desde la agricultura y los cultivos de caña, la producción de carnes en encierro en gran escala con balanceados, desde salmones a novillos, configuran un largo listado de nuevos roles asignados a nuestros países a partir de los mercados globales. Sorprendentemente, muchas expresiones políticas herederas de importantes luchas de los decenios pasados, hoy parecen incapaces de visualizar estos procesos como procesos de nuevo colonialismo o tal como dicen algunos de transcolonialidad, debido al rol de las empresas transcoloniales. Esas izquierdas encerradas en sus esquemas antiguos, han preferido optar por estrategias de lucha que se proponen el socialismo o al menos una redistribución más justa de la riqueza. Cuando de lo que se trata ahora, es de la apropiación de los territorios por parte de las empresas, así como de la desterritorialización de las poblaciones y de su concentración obligada en enormes megalópolis, tal como en el caso del Plan Colombia donde el despoblamiento forzado de la población rural no ha sido substancialmente diferente al ocurrido en la Argentina o en el Paraguay. En estas nuevas situaciones, proponerse las tradicionales reformas agrarias, una mayor equidad en la distribución de la riqueza o acaso el implementar formas de socialismo urbano, resultan peligrosamente funcionales al sistema implantado de dominios y saqueo, no importa cuáles sean sus motivaciones políticas.
 
Impactos de la Soja RR en la Argentina
 
Los impactos del modelo de la soja sobre los ecosistemas y las poblaciones son cada vez más evidentes e insoslayables en todo el territorio nacional. Estaremos sobrepasando este año las 22 millones de hectáreas de monocultivos transgénicos y sus efectos han sido y serán crecientemente devastadores, tanto para el medio ambiente y la biodiversidad, cuanto para la vida y la cultura rural. El modelo agro exportador de forrajes y de subproductos oleaginosos, se ha constituido en una fábrica inagotable de pobreza, fuente de desarraigo y razón de migración hacia las grandes ciudades, donde en los nuevos y crecientes conurbanos se multiplican los fenómenos de la indigencia y de la exclusión social. Por otra parte, la soja y el maíz transgénico han desplazado a muchos otros cultivos que aportaban alimentos a la mesa de los argentinos, algunos de los cuales ahora deben ser importados. El uso intenso de agrotóxicos ha mostrado la falsedad de las promesas que tuviera en los años 90 la llamada revolución biotecnológica. Las cifras en uso de herbicidas y de nuevos pesticidas, acaricidas y fungicidas son formidables, y han provocado una masiva contaminación de las cuencas hídricas y de las napas freáticas. Para peor, esta agricultura industrial ha barrido a las pequeñas producciones hortícolas, tambos y criaderos de aves que rodeaban las ciudades argentinas. Ahora los monocultivos llegan a las primeras calles de las localidades, y las fumigaciones impactan sobre las poblaciones de los barrios periféricos, provocando graves y crecientes estadísticas de cánceres y enfermedades terminales.
Como consecuencia de los profundos impactos, han aparecido además, nuevos patógenos y plagas, que ahora infestan los monocultivos tanto como afectan a las poblaciones. Ello es consecuencia de que, tanto la comunidad de microorganismos del suelo como la diversidad biológica de animales y vegetales han sufrido fortísimas modificaciones y ello ha provocado graves desequilibrios. Asimismo, se han registrado cambios en las comunidades de malezas, con la aparición de especies inusuales y de varias especies que han desarrollado tolerancia a los herbicidas. La respuesta de las empresas ha sido la de operar sobre los efectos del modelo, incorporando nuevos tóxicos, aumentando las aplicaciones y la cantidad de herbicidas por hectárea, así como también incorporando otros herbicidas aún más tóxicos, y variados insecticidas y funguicidas para responder a las nuevas amenazas producidas por los desequilibrios del ecosistema. Otro tema de fuertes impactos es la práctica de barbechos químicos en época invernal, que luego de cada cosecha de soja, completa en vastas extensiones de territorio el ciclo del monocultivo y del creciente agotamiento de los suelos. Luego de la última cosecha y antes de las primeras heladas, germinan en estos campos, que se disponen para el barbecho, verdes alfombras de soja guacha, que son los granos que cayeron de las máquinas cosechadoras. Actualmente el método que se sigue en estos casos dado que esa soja RR resiste al glifosato, es la de combatirla con un producto cuyo nombre comercial es Grammoxone y cuyo componente activo es el temible Paraquat.
Como consecuencia de la nueva situación ambiente creada en el campo por las aerofumigaciones y la contaminación, podemos verificar una masiva colonización de las zonas urbanas por los pájaros silvestres, incluyendo las aves carroñeras, de rapiña y gaviotas, así como también por los roedores del campo, obligados todos a abandonar sus hábitats naturales ahora convertidos en lugares hostiles para la vida. La ingesta de los argentinos, por su parte, comenzó a extraviar sus herencias alimentarias, se modificaron nuestras comidas y nuestro modo de comer, y asociados a la ingesta han surgido nuevos problemas de salud, en especial la obesidad vinculada a la pobreza, los problemas cardíacos y sobre todo el cáncer como consecuencia de la contaminación, que se ha hecho tan común como antes lo era la gripe. Muchos de los programas alimentarios que llegan a los sectores carenciados incorporaron la soja transgénica masivamente gracias a la “generosidad” de las asociaciones de productores, y los problemas en los niños no demoraron en aparecer: formas femeninas en varones y madurez anticipada en las niñas, descalcificación y osteoporosis en adolescentes, desnutrición y debilidad dentaria, etc. La gravedad de la situación fue tal que el Poder Ejecutivo, a lo largo del año 2002, debió reiterar el llamado a que no se diera más soja en los comedores a menores de cinco años. No obstante, tanto el Rotary Club como Cáritas insistieron durante años en alimentar a la niñez argentina con soja transgénica y con la mal llamada leche de soja en algunas localidades, inclusive hasta el presente. Exactamente han hecho lo mismo, diversos gobiernos municipales y provinciales que, contra toda evidencia, continúan distribuyendo soja o mezclándola como en el caso de la Trisoja, con otros alimentos, para incorporarla de contrabando en la alimentación de los sectores carenciados. Por su cantidad de disruptores y por el empeño gubernamental en que se la convierta en parte de la ingesta habitual, se nos reafirma la convicción de que la soja es uno de los grandes controladores sociales de una época que ha puesto la alimentación y la mesa familiar en el centro de las estrategias corporativas.
 
Cuando el capitalismo global se maquilla de verde
 
Decíamos a principios del año 2005 en un documento del GRR y con motivo de organizar el Contraencuentro de Foz de Iguazú contra la Mesa Redonda Empresarial de Soja Sustentable: 
Uno de los ejes de esas nuevas políticas públicas son las estrategias de certificación condicionadas por los intereses de los mercados y sometidas sin escrúpulos a los mensajes implacables de la publicidad empresarial. Los discursos de sustentabilidad social y ambiental, que fueran parte del arsenal de denuncias de las organizaciones de la sociedad civil, son captados por las corporaciones, que ahora se invisten de pretendidas responsabilidades sociales. Ciertas ONGs, lamentablemente, en estos nuevos escenarios han devenido en meras entidades prestadoras de servicios ambientales y pretenden además mostrarnos como un progreso las mitigaciones o morigeraciones de impactos que se prometen. 
En realidad nos tratan de imponer una mirada en la que ya no hay verdades básicas ni fundamentos de verdades últimas. Con esa mirada sin absolutos se quiebra el espejo de nuestra posible y recuperada identidad. Porque para pertenecer a una comunidad o para reconstruir nuestra identidad es imprescindible que reconozcamos al otro diferente, llámese enemigo o como se lo quiera denominar. Y por eso el esfuerzo de las transnacionales para que legitimemos los modelos impuestos y para que nos sentemos a las mesas de consenso donde el enemigo se disipa… El modelo de dominación es gigantesco y sin embargo frágil, en última instancia depende de nuestra propia aceptación, aún más todavía, depende de que sigamos como ahora sin saber quiénes somos y qué queremos. La construcción del modelo se basa en generarle sentidos comunes a la subjetividad creada por el neoliberalismo. Una vez que se ha construido ese sentido común, la dificultad de deconstruirlo y de construir otro sentido alternativo requiere de un esfuerzo titánico. Es por ello que en nuestras luchas deberíamos tratar siempre, y por sobre todo, de generar esas nuevas subjetividades.
Sin embargo y más allá de los discursos, la violencia está vigente como nunca jamás en la historia y además de ello: se ha globalizado. Pero esas situaciones son realidades distantes a las mesas de consenso donde se imponen las hechicerías de hacer desaparecer a los contrarios. Si la agresividad y la violencia no son parteras de la historia estaríamos desconociendo nuestra propia historia nacional hecha de sucesivos estallidos sociales que rompieron o desbordaron cada vez que ocurrieron los modelos impuestos, modelos que se reproducían a sí mismos intentando perpetuarse, y que abrieron de ese modo espacios para cambios sociales e institucionales. Rodolfo Kusch, cuando habla de América profunda, refiere siempre a un imaginario de magma y a un abismo impensable, horrible y hediondo que oficia como caos creador del inconsciente y de las fuerzas colectivas ligadas a la tierra por lo fundante del pensamiento, por el arraigo, por la tradición y la cultura. Sobre ese magma social y de pensamiento popular se enfría una capa leve de lava sobre la cual ejercemos nuestra precaria racionalidad y nuestras certezas sobre el mundo de los objetos. A veces esa capa es tan fuerte que nos hace olvidar que debajo subyace un abismo y en el escenario en que construimos el propio universo casi nos dejamos convencer sobre la inexistencia de la muerte y la existencia en cambio de un progreso ilimitado. Otras veces la capa leve se fractura y nos caemos en lo hondo, a veces el magma estalla y es preciso reformular ideas y también, el orden social. Después de cada estallido cambian las correlaciones de fuerzas.
Si negamos a la violencia como factor de cambio estaríamos desconociendo, asimismo, la rebelión popular de diciembre de 2001 que no fue sólo un estallido provocado por el hartazgo al abuso del poder y a la corrupción, sino que significó de la misma forma un crecimiento y una rebelión de la ciudadanía que hizo saltar las costuras del modelo político. El magma emergió una vez más por encima de la capa que lo contenía. Sin embargo, los gobiernos surgidos de ese terrible cimbronazo social juegan, conversos y reconvertidos, a los cambios de roles en los que no existe el enemigo o donde se ubica al enemigo donde no lo hay, que es una manera aún más perversa de alimentar la confusión, siendo fieles a las antiguas estrategias de “construir” al enemigo, según convenga. Así, muchos de ellos desde las duras experiencias de los años 70 en que proponían la doctrina sesgada de cuanto peor mejor, se han reciclado a los actuales operadores y funcionarios políticos que avalan el modelo establecido a la vez que sobreactúan respecto a sus viejos aliados del grupo Clarín y de la Mesa de Enlace. Este modelo que pareciera intocable para nuestra clase política, tanto gubernamental como opositora, es también, el modelo neoliberal impuesto por la dictadura y por el menemismo, en el que el grueso de las cadenas de la producción, de la comercialización y de las exportaciones, pertenecen al dominio de las grandes empresas transnacionales. Es ése el núcleo duro, innegociable, del modelo que llamamos del agronegocio. En buena medida gracias a las luchas de cierta izquierda urbana que mostró el camino de atenuar la injusta distribución de la riqueza sin plantearse el romper con la dependencia colonial a las corporaciones, se han añadido ahora intensas políticas sociales, políticas para la pobreza, planes clientelares y ayuda para microemprendimientos financiados todos por nuevos préstamos que son diseñados por los bancos y que resultan absolutamente funcionales al país de la sojización, la desterritorialización y el desempleo. No se trata, en este caso, de resolver el tema de la pobreza y del hambre, sino de perpetuarla a la vez que de contenerla para evitar nuevos estallidos. Centenares de cuadros de la izquierda progresista aportan su creatividad a esta tarea de mero reciclaje y maquillaje del modelo y de sus consecuencias, y sorprendentemente, lo hacen con pretendido ánimo optimista de lograr modificar la iniquidad institucionalizada.
 
La implantación del modelo de la republiqueta sojera y las nuevas reconfiguraciones
 
La etapa de instalación del modelo de la Argentina forrajera, duró poco más de 10 años y concluye con la llamada crisis del campo en que una reconfiguración y una reconversión acelerada vuelca en los cortes de ruta a los más desfavorecidos, mientras otros sectores multiplican sus ganancias con las ventas anticipadas, mediante el chantaje a la masa de productores en negro o aprovechando los puertos privados y el respaldo de los exportadores, para extenderse con la compra de tierras por todo el Cono Sur. O sea que, cuando el anterior modelo aparece instalado y consolidado, al menos en la zona núcleo, es decir en la parte más importante de las tierras agrícolas argentinas, el proceso tiende a reconfigurarse de manera aún más y más compleja. La nueva etapa implicaría la producción masiva de agrocombustibles además de forrajes, y comprende la extensión de la frontera agropecuaria, es decir, la extensión de la línea de agriculturización al interior y a suelos cada vez más frágiles, también hacia los países hermanos de América del Sur. Ello conlleva la disputa violenta por la tierra con los pequeños productores, con los campesinos y pastores, así como la desaparición de los bosques, a veces con incendios terribles e incontrolados que arrasan los paisajes, y el reemplazo masivo de otras producciones por los nuevos monocultivos. De esta manera, la apicultura desapareció o se exilió en los confines, en las islas o en la precordillera. La ganadería se vio forzada a desarrollarse cada vez más en corrales de engorde, ahora desde la recría misma del ternero. La carne alimentada en encierro, con balanceados de maíz y de soja, cuando no con camas de criaderos de pollos y ponedoras, con hormonas y antibióticos, no sólo tiene otro gusto, sino que acrecienta los problemas de salud del argentino medio. Los alimentos, además de perder calidad se encarecen debido a la suba del precio de la tierra, y la provisión de hortalizas y verduras a las concentraciones urbanas queda prácticamente sujeta a la mano de obra semiesclava de los países limítrofes, en las periferias hortícolas de las grandes ciudades.
Actualmente, enormes plantas de producción de biocombustibles se levantan en los puertos del litoral, y las asociaciones empresarias y también; lamentablemente, muchos de los funcionarios y técnicos del Estado nos adelantan con expectativas de que la Argentina reúne todas las condiciones para convertirse en un referente de la producción de biodiéseles a nivel mundial y que cuadriplicará su actual producción en los próximos meses. Por lo demás, las corporaciones cuentan con la legislación necesaria para hacerlo, me refiero a la Ley de Promoción de la Producción de Biocombustibles, que en su momento se denominara como Ley Monsanto, y que los senadores votaron a mano alzada y por unanimidad, y esto implica la rebaja sustancial de las retenciones a los aceites reelaborados. También cuentan con el respaldo total de un sistema educativo y académico que ha convertido las universidades en instituciones prestadoras de servicio de las corporaciones, y la explosión en Río Cuarto y la muerte de profesores y estudiantes en el laboratorio de esa casa de estudios, es clara muestra de ello: estaban tratando de descontaminar de solventes los residuos del biodiésel para poder hacerlos útiles a la producción de balanceados para la alimentación animal. El modelo sufre de una extrema racionalidad y no puede malgastar recursos. La agricultura industrial de producción de commodities, con una mínima mano de obra, produce en los grandes molinos: harinas, lecitina, tortas prensadas y en especial aceites que ahora se trata de convertir en biodiéseles. En el caso del maíz y de la caña, en cambio, se puede producir etanol con las biomasas respectivas. En ambas situaciones quedan residuos, que serán cuantiosos según se calcula y que las empresas se proponen recuperar y hacer útiles en las nuevas producciones industriales de carnes que se planifican y extienden por el territorio, tales como los grandes “hoteles” para engorde tanto de vacunos como de pollos, o como la empresa Avex que, justamente goza en la zona de Río Cuarto de una legislación hecha a su medida, y es capaz de faenar 120 mil pollos por día. Las plantas para alimentar motores con nuestra agricultura, los nuevos megatambos de la agroindustria con 4.000 vacas en ordeñe, los nuevos inmensos criaderos de carne tercerizada, el dominio hegemónico del modelo por parte de grandes feedloteros, frigoríficos y supermercadistas, son pensados y planificados en ámbitos académicos, en la universidad, en el INTA y en el CONICET, donde fluyen como ríos de dinero los subsidios y las financiaciones para estos estudios e investigaciones, que hacen a las necesidades del nuevo modelo corporativo del agrocombustible, modelo que no es sino la fase avanzada del antiguo modelo de los agronegocios que se instalara en los años 90, y que ahora, en esta nueva etapa, se propone la producción de combustibles y de carnes en forma industrial, y su expansión política y tecnológica al resto de América Latina.
Estamos, entonces, en un momento de transición hacia lo que Gustavo Grobocopatel, el más grande sojero de la Argentina, llama la Sociedad del Conocimiento. Estamos, en un momento de equilibrios inestables en la medida en que se están implantando políticas, procesos e inversiones para un muy largo período y en los marcos de reordenamientos globales en que la Argentina tiende a cumplir roles anticipatorios de país mediador, para llegar con estos modelos a otros pueblos hermanos. Sin embargo, esos equilibrios inestables que dibujan un tiempo de cambios, tienen el enorme respaldo de los sostenidos y crecientes precios de las commodities en los mercados internacionales, y eso ayuda a proporcionar una imagen de estabilidad y de firmeza que, en verdad, no existe. Como casi todo lo que tiene que ver con la globalización, este modelo argentino tiene mucho de frágil, de volátil, de efímero, de aleatorio y de simulacro. Demasiadas cosas fundamentales que sostienen al modelo dependen de contingencias que nos son absolutamente ajenas y que escapan a la voluntad de los gerentes y de los funcionarios. Sin embargo, la permanencia y la profundización del modelo biotecnológico y de producción de agrocombustibles, no tiene su mayor base de firmeza en los precios. Lamentablemente, esa sostenibilidad social se la proporciona al modelo un paradigma ideológico que se ha impuesto en gran parte del común y del que son prisioneros la mayoría de los dirigentes, y no me refiero tan sólo a las dirigencias políticas, que en esto son las últimas que deciden. Me refiero a la dirigencia científica, universitaria, docente, empresarial, periodística, barrial y hasta religiosa.
 
La Biblioteca Nacional: el jardín de los senderos que se bifurcan
 
La búsqueda por parte de ciertos intelectuales del sujeto revolucionario es un viejo gesto de la izquierda que suele no atender suficientemente las actuales complejidades y crecientes perversiones del modelo. Las zonas de extrema pobreza, marginalidad y desocupación son también zonas donde el capitalismo globalizado explora nuevos modos de manipulación y de clientelismo, donde los multimedios oligopólicos hacen estragos sobre la idea de sí mismos de los excluidos y donde se descarga todo el peso político asociado de las bandas de narcos, de las policías de gatillo fácil y de los punteros políticos. Resulta al menos arriesgado imaginar que de esas zonas pueda surgir el nuevo sujeto emancipatorio, aunque no es esa la discusión que nos planteamos, ya que pertenece al campo de la investigación posible, sino la falta de rigor y hasta de escrúpulos de una izquierda y de unos intelectuales supuestamente nac and pop, que por momentos parecieran haber extraviado todo sentido de la realidad. Las actuales polémicas en torno al glifosato y a las políticas de la Corporación Monsanto, justamente, han colaborado en poner en evidencia ese modelo criminal de agricultura que durante años se negaron a ver. Un modelo de agricultura que despobló el campo, enfermó a las poblaciones, empobreció los suelos, modificó la cultura y los patrimonios de los argentinos y nos convirtió en una republiqueta sojera. Si ahora algunas denuncias y debates parecen consentidos, no sólo es consecuencia de la presión de tanta lucha, sino también de a qué sirven a confrontaciones políticas menores. Asimismo, tiene relación con que nuevas tecnologías, modelos productivos y mercados calificados se van implementando por parte de las grandes empresas. El glifosato no sólo está cuestionado en la Argentina, también en diversas partes del mundo se alzan voces similares que nos recuerdan las investigaciones olvidadas durante años, que comprobaban sus terribles efectos sobre la salud de las poblaciones. Las empresas del agronegocio, sin embargo, saben mejor que nadie acerca de sus propios crímenes y ya tienen planeadas soluciones para reforzar o renovar sus herbicidas cuestionados, nuevas semillas transgénicas resistentes a las nuevas formulaciones que se preparan para salir a los mercados, nuevos negocios que demorarán probablemente muchos otros años para que logremos, como ahora, probar su intrínseca capacidad de contaminar, de enfermar, de difundir la muerte. Pretenden burlarse, tal como hicieran en el año 1996, cuando se aprobaron en la Argentina los primeros OGM (organismos genéticamente modificados); del principio precautorio y en un futuro probable, volveremos a descubrir que los venenos no son inocuos, cuando como ahora, las víctimas sean incontables…
 

Entramos en una etapa de posglobalización en que el país laboratorio hace nuevamente punta…

A esas empresas les preocupa en medio de la actual debacle internacional, crear nuevos estímulos para la formulación de las relaciones financieras y de los mercados globales. Es por ello que están implementando los mercados calificados, con mesas redondas en que agrupan a víctimas y victimarios, a socios y a cómplices de las corporaciones, y en esos espacios ensayan los discursos y los protocolos que establecerán las nuevas certificaciones de la soja y de otros paquetes bio y nanotecnológicos que se encuentran en experimentación. Las corporaciones planean, con las normativas internacionales para las sojas y los biocombustibles, que pretenden ahora certificar como responsables, conseguir entrar en el rentable mercado de los bonos de carbono que se decidirán en el próximo mes de diciembre en la reunión de Copenhague y que lucran con los cambios climáticos. Suponen también que, de esa manera, mejorarán su imagen en relación a los consumidores, a la vez que dinamizarán los mercados globales. De allí la renovada presión sobre el Vaticano, a través de la Academia Pontificia de Ciencias, para que acepte la propuesta corporativa de que los transgénicos podrían resolver el hambre en el mundo, operatoria en que nuestro país participó a mediados de este año 2009 mediante la presencia del presidente de la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (CONABIA), el biólogo Moisés Burachik. Los estrategas de las corporaciones se anticipan a las nuevas resistencias, preconcibiendo los campos de confrontación y los límites en que se dirimirán las batallas del mañana.
Una vez más, pretenden implicarnos en el gran juego de poder de los que dominan el planeta. Nuestro deber es continuar buscando caminos de emancipación. Las denuncias como la del doctor Andrés Carrasco, del CONICET, y otras muchas, corroboran todas aquellas que se han presentando en los últimos años respecto de los impactos de los tóxicos liberados al ambiente, y exigirían que el gobierno asuma medidas al respecto. Deberían ser anuladas y revisadas las medidas administrativas que dieron lugar a la aprobación del glifosato, del 2.4D, del endosulfan, del paraquat, así como de otros muchos tóxicos de uso habitual en el actual modelo productivo de la sojización. Se debería también verificar la enorme responsabilidad de los organismos del Estado en la aprobación ligera de los informes con que las empresas acompañaron las solicitudes de aprobación de esos tóxicos y la probable catarata de juicios indemnizatorios al Estado que los numerosísimos afectados entablarán en demanda de justicia. Se debería intervenir el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) y a la CONABIA. Los pronunciamientos del doctor Carrasco no solamente dan crédito a los cuestionamientos y verificaciones realizadas pordiversas instituciones contra el glifosato, sino que, tanto sus propias declaraciones como la respuesta del ministro de Ciencia y Tecnología, doctor Lino Barañao, a favor de la Soja RR y de sus paquetes agrotóxicos, nos conducen a un debate sobre las ciencias, un debate ausente en nuestro país. Nos consta que gran parte de las universidades, tanto como las instituciones de ciencia y tecnología, por ejemplo el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), dependen de contratos con las empresas corporativas, que esas empresas determinan las líneas de investigación y que nuestras instituciones les forman los cuadros que ellas necesitan. La falta de decoro es tan grande que sus propios responsables lo confiesan públicamente. Esta situación configura un nuevo modelo de colonialismo corporativo que se denomina el Poder del Conocimiento.
 

 

Antes el Foro de los 100 Millones, luego las Mesas de Concertación de los Agronegocios con los Ambientalistas, ahora la Soja Responsable…
 
Las transnacionales necesitan que legitimemos sus modelos, necesitan también que interioricemos el neocolonialismo, que lo asumamos como un añadido a nuestra identidad, en el nuevo orden neocolonial... Cuando en plena ofensiva de las empresas transnacionales aceptamos, tal como lo hacen algunas organizaciones ambientalistas, sentarnos a discutir con ellas, en realidad damos por supuesto que podemos o que tenemos capacidad de negociar, lo cual entraña la certeza de disponer del poder suficiente para ello. O acaso no, y simplemente y sin inocencia, aceptamos y reconocemos la propia derrota de las luchas llevadas en tiempos anteriores... De hecho estaremos aceptando y sumándonos resignados a la estrategia de esas empresas con la esperanza de poder negociar algunos límites a sus ofensivas, acotar el daño que consideramos inevitable, etc. Ahora bien, hagamos el esfuerzo de tratar de verlo desde la perspectiva no ya de los derrotistas y negociadores, sino desde la perspectiva de las propias empresas y desde la necesidad de preservar sus estrategias de mercadeo global. Ellas mismas por boca de la Fundación Vida Silvestre (FVS), copada en su momento por altos empresarios de la empresa Pionner y de los agronegocios, lo expresaban con claridad en la propia convocatoria al Foro por los 100 Millones de granos de exportación que hicieran a finales del año 2003. Necesitaban de los ambientalistas y de ciertas ONGs, decían, para evitar las posibles crisis sociales o colapsos ambientales que podría provocar el aumento de millones de nuevas hectáreas de soja a los monocultivos de aquel entonces. Lograron sumar a organizaciones como FARN, Greenpeace, FUNDAPAZ y Aves Argentinas que, fueron sus mejores interlocutores con la sociedad civil. Fue un justificado orgullo para las empresas de agronegocios semejantes éxitos de cooptación que, seguramente, los hicieron ilusionar con la posibilidad de poder quebrar la voluntad de resistencia de nuestro pueblo frente a los avances del modelo de agroexportación.
Que Greenpeace se sentara reiteradamente a negociar con los agronegocios expresó un respaldo decisivo al modelo de la producción de soja y además un respaldo a la voluntad de los agronegocios de profundizar ese modelo hasta el horizonte de los 100 millones de toneladas de granos de producción, horizonte que actualmente hemos alcanzado, con un sacrificio terrible de la población y del territorio. Esa connivencia con las empresas fue más grave todavía porque Greenpeace no detuvo su campaña a favor de los bosques y en respaldo a la Ley de Bosques durante todo el año 2008. Ley de Bosques que, por lo demás, no hizo sino acelerar la deforestación, en la medida en que las provincias actúan como el zorro a cargo del gallinero y en espera de la reglamentación de la Ley emitieron más permisos de tala que nunca antes. Actualmente, son las provincias las que han decidido sobre cómo colorear las zonas según indica la Ley: muy poco en rojo que, generalmente, no es más que las zonas actuales de parques nacionales, en verde y amarillo aquellas que se disponen a diversas formas de explotación, siempre bajo la norma de que cada barón de provincias hace de los bienes comunes su principal fuente de poder. Mientras, tanto Greenpeace como otras ONGs ambientalistas, continúan concitando voluntades y esperanzas en la opinión pública, esperanzas traicionadas vilmente desde su mismo nacimiento, ya que la previa adhesión al modelo transforma la lucha por la preservación de los bosques en un mero divertimento.
Con la Mesa Redonda de la Soja Sustentable en el Hotel Bourbon, en Foz de Iguazú convocada por la WWF, el gobernador Maggi de Mato Grosso y Unilever, durante el mes de marzo del año 2005, comenzó otra etapa en la dependencia a insumos y en el neocolonialismo del modelo. Se trataría ahora de consolidar el llamado MERCOSUR de la Soja, y la etapa refiere a una profundización del status de republiqueta sojera que nos fuera fijado en los años 90. Es necesario, aclarar que en esta etapa no sólo se nos propone añadir nuevos territorios más allá de las fronteras nacionales a las extensiones asignadas a los monocultivos, tal como se produjo masivamente durante la crisis del campo, o se nos impone una planificación del territorio y del porvenir de los argentinos realizada desde las empresas y en reemplazo del Estado ausente, sino que se nos enfrenta a una complejización del modelo y a una incorporación de nuevos actores que lo fortalezcan y legitimen.
Las corporaciones, ahora en alianza con las grandes ONGs, trataban en esa etapa, de avanzar de ese modo sobre la resistencia de los consumidores europeos con nuevos mercados certificados que se protocolizan en el gran Encuentro de la Soja Responsable de Campinas, Brasil, en mayo de este año 2009, mercados que expresan cambios superficiales, a la vez que consiguen incorporar nuevos productores y buscan engañar al conjunto tanto como mantener el esquema de dominación. El logro de sumar a muchas de esas grandes ONGs europeas y locales a las mesas de consenso y la incorporación de consultoras prestigiadas permiten a las empresas abrir amplios abanicos de alternativas sobre diagnósticos básicamente correctos y que describen situaciones sumamente críticas e igualmente insoportables para la conciencia del consumidor europeo. Entre las opciones se ofrecen, tal como lo hace la WWF del osito Panda, rotaciones de soja y ganadería para preservar suelos e imaginar ilusorios modelos de sustentabilidad. Esta propuesta olvida la concentración en el uso del suelo en la Argentina y el masivo levantamiento de alambrados, torres de molino, bebederos e infraestuctura rural, así como la ausencia de población en el campo, que permita volver a lo que fuera la rotación tradicional en las prácticas agrarias en la Argentina. Sin embargo, creemos que la propuesta debe ser leída desde la crisis suscitada por los problemas ambientales en Europa, problemas que son la consecuencia de la enorme concentración de corrales de engorde en las cercanías de los puertos en donde desembarca el grano que exportamos y la búsqueda por parte de las empresas de una superior racionalidad de la producción que les permita evitar los actuales impactos, trasladando la cría en engorde a los propios países productores de forraje.
 
No puede haber soja «responsable» con monocultivos y transgénicos
 
Una declaración de numerosas organizaciones ecologistas y altermundistas decía a propósito de esa Mesa Redonda de Soja Responsable en mayo de este año:
 
El Amazonas, el Cerrado, el Chaco y otras regiones, están bajo la amenaza inmediata de una constelación de prácticas agrícolas perjudiciales y de impactos sociales, para lo cual el cultivo de soja es un factor central. Los principios y los criterios del RTRS la Mesa Redonda de Soja Responsable, no son suficientes para enfrentar estas cuestiones con eficacia. A menos que estas crisis inminentes se traten de inmediato, lo cual no se podrá realizar sin una certificación voluntaria, estas regiones pasarán de ser tierras de labranza a ser páramos, y los pequeños propietarios e indígenas de Brasil, Argentina, Paraguay y de otros lugares se verán desplazados y se convertirán en los nuevos pobres urbanos.
Al proporcionar una coartada de “sostenibilidad” a un sistema de producción inherentemente insostenible, la RTRS es un obstáculo para el progreso. Pedimos a los gobiernos, sociedad civil y empresas que se enfrenten a los problemas reales (por ejemplo, el consumismo desmesurado o la distribución desigual de recursos tales como la tierra y el agua) y que promuevan soluciones reales como:
- Dejar de producir productos MG y la soja intensiva no MG en favor de prácticas agrícolas compatibles con la naturaleza y no contrarias a ella, como por ejemplo la agricultura orgánica y las prácticas de cultivo integradas;
- Ejecutar reformas agrarias en países productivos, que se dirigirán a las propiedades agrícolas menos equitativas y a la concentración;
- Sustituir la soja en la alimentación animal por cultivos de proteínas en los países productivos en los países importadores;
- Parar la promoción a gran escala de la producción de biodiésel como solución sostenible;
- Desarrollar un mejor sistema de transportes que reduzca la demanda de energía y fuel;
- Incrementar el apoyo del gobierno a la diversificación de la producción y al fomento de la producción local para los mercados de la zona, para que contribuyan a la seguridad y soberanía alimentarias en los países productores y consumidores.
 
En los nuevos discursos empresariales hallan su lugar, asimismo, las inversiones en energías renovables y en gestión de residuos sólidos urbanos. La aprobación del Protocolo de Kyoto les abre amplios espacios para implementar nuevos negocios con el cambio climático que la misma industria provocara. En este caso se les ofrece a las empresas el aprovechar uno de los principales instrumentos del Protocolo: los Mecanismos de Desarrollo Limpio (MDL). Según los MDL, los países desarrollados se comprometen a apoyar con inversiones la utilización de energías menos contaminantes en los países en vías de desarrollo y con ello iniciarían un gigantesco mercado de créditos de carbono regidos por mecanismos de mercado tales como la oferta y la demanda de certificados de emisiones de gases de efecto invernadero.
Tengamos en cuenta, asimismo, que la propuesta de biodiésel como combustible, que ahora se nos hace llegar tanto desde las empresas como desde el gobierno y desde muchas ONGs ambientalistas, implica siempre un modelo de agricultura no sustentable e improductivo, porque consume más energía que la producida y porque exigirá un mayor productivismo y escala en aquellos lugares en que se desarrolle. Será de ese modo un modelo de agricultura injusta porque concentrará riqueza en pocas manos, y será antiecológica porque al proponerse producción en escala lo hará inevitablemente con abuso de insumos químicos y sin respetar los procesos naturales. Resulta por otra parte hipócrita que un país como la Argentina, que ha entregado graciosamente, y sin una guerra mediante, su petróleo a la empresa española Repsol, ahora nos proponga el biodiésel como combustible y que, con más de seis millones de hambrientos, se continúe insistiendo en usar la agricultura para fines que no son los de producir alimentos. Además, y con el ánimo de preservar una visión general de la crisis planetaria, no podemos desvincular las consecuencias del calentamiento global del uso de la biotecnología y de las semillas provenientes de ingeniería genética. Asimismo, tampoco podemos dejar de vincular el cambio climático y el uso de los transgénicos con un modelo agrícola del cual son la máxima expresión y el resultado. Es decir que se trata no sólo de hacer campaña contra el calentamiento global y contra los transgénicos sino también de enfrentar un modelo de agricultura sin agricultores, un modelo de exportación de insumos que ha vaciado de población rural el campo y que en aras de una agricultura de escala y de una ganadería de fábrica, abandonó el modelo de seguridad alimentaria y también la antigua producción de alimentos de alta calidad, que nos caracterizaba. 
 
Redescubrimiento de la ética empresaria, maquillaje sobre un rostro viejo
 
La Responsabilidad Social Empresaria (RSE) tiene como concepto aproximadamente unos 10 años de vida, si bien últimamente esta propuesta crece con renovadas fuerzas en cuanto foro internacional o empresarial se realiza en el mundo. Habiendo sido al principio sólo motivadora de acciones aisladas filantrópicas destinadas a la ayuda sobre sectores desfavorecidos, la RSE se transformó pronto en un medio eficaz para añadir valor agregado a las propias producciones o servicios, a la vez que para proponerse nuevos criterios de maximización de ganancias. Dice Adela Cortina en su libro Ética de la empresa: “lo ético es rentable, entre otras cosas, porque reduce los costos de coordinación externos e internos de la empresa: posibilita la identificación con la corporación y una motivación más eficiente”. En los últimos años muchas universidades de administración de empresas incorporaron cursos de ética y establecieron una discusión meramente instrumental, la de colocar a la ética como un instrumento más al servicio de un logro empresarial: el de la maximización de las ganancias. La comprobación de que el grueso de los consumidores considera positiva que una empresa se encuentre comprometida con su entorno inmediato más allá de sus intereses económicos, abrió camino para experimentar también, que buena parte de esos consumidores estarían dispuestos a pagar un plus por productos socialmente responsables. Las empresas descubren de esa manera que cuanto más compromiso social tengan, mayor aceptación lograrán por parte de los consumidores. De allí a la cooptación de los discursos de la sociedad civil sólo faltaba un paso, las empresas comienzan a pensar la RSE en tres grandes líneas estratégicas según los intereses del mercado de consumo: un área de políticas laborales, una de políticas sociales y por último una de políticas ambientales. No sólo descubren las empresas de este modo nuevos incentivos para el mercado, a la vez que nuevos modos de ejercitar la competencia entre ellas, lo que es más importante es que suman a sus arsenales discursos y pensamientos sociales y ambientales, dejando atrás los tradicionales mensajes publicitarios, y enriqueciendo y acomplejando sus estrategias a la vez que asumiendo nuevas responsabilidades que fueran hasta ayer propias del Estado.
Sin embargo, George Soros, uno de los más grandes inversores del mercado financiero internacional, en su libro La crisis del capitalismo, reconoce: “es necesario establecer una distinción entre el hacer las reglas y actuar según esas mismas reglas. La elaboración de las reglas envuelve decisiones colectivas, o políticas. Actuar según las reglas envuelve decisiones individuales o comportamientos de mercado”. La RSE no cuestiona la economía sino las estrategias y los procedimientos empresariales, y en verdad todo debate sobre la ética y la economía sólo cobraría sentido si somos capaces de recuperar la antigua concepción de la economía como economía política, en el sentido que la capacidad y la decisión de modificar las reglas sigue siendo un tema de la política, y asimismo, si somos capaces de reconocer con visión integral que el sistema económico no es más que un subsistema de la sociedad global.
 
La certificación de nuestra dependencia a insumos se inscribe en el gran laboratorio de los monocultivos y del actual modelo de producción de forrajes
 
Para comprender cabalmente la actual etapa que se enmarca en la RSE debemos aclarar varios supuestos. Cuando las empresas refieren como en este caso a la agricultura orgánica, están hablando de una agricultura extensiva y de exportación que respeta absolutamente el modelo impuesto por las transnacionales de semillas mejoradas y de producción de agrotóxicos desde los finales de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de una agricultura orgánica fuertemente dependiente de insumos, supuestamente no contaminantes, dependiente asimismo de semillas certificadas y de empresas controladoras de la calidad de esa producción orgánica. Debemos recordar también, que se trata de producciones que requieren operaciones especiales de traslado y de embarque, incluyendo puertos no contaminados, que hoy en la Argentina solamente la empresa Cargill tiene a disposición en la zona de Timbúes, sobre el río Paraná. Asimismo, se nos ha manifestado ya que la urgencia de los mercados de productos orgánicos conduce a pensar en las zonas de reciente deforestación como las más apropiadas para esta agricultura, dado que se trata de tierras vírgenes. En caso de intentarse hacer cultivos orgánicos en otras tierras en las que ahora se siembran transgénicos, cualquier empresa certificadora exigiría, el aguardar dos o más años, antes de expedir el sello verde correspondiente. En consecuencia, estamos frente a nuevas amenazas de agresión a nuestros cada vez más escasos bosques.
 
Desde AVINA y el Foro por los 100 Millones al Partido del maquillaje Verde
 
Si alguno supuso alguna vez que los Partidos Verdes serían gestados siempre por militantes radicalizados, la Argentina ha demostrado que todo lo contrario también resulta perfectamente factible, al menos en el paradójico mundo de la republiqueta sojera... El respaldo a la iniciativa de constituir Partidos Verdes en la Argentina reúne a una cantidad de dirigentes con sorprendentes historias ambientales, desde relaciones con el Banco Mundial a patrocinios de AVINA, la fundación europea que encubre la penetración de las transnacionales en el mundo de las ONGs, pero en especial reúne a las expresiones locales de las grandes ONGs ambientalistas internacionales. No parece ello un buen comienzo para construir alternativas liberadoras, en especial cuando algunos de esos dirigentes participan públicamente de foros empresariales.
 
Nuestra Cancillería continúa impulsando las políticas sucias de Estados Unidos en el plano internacional
 
La Argentina se define en política internacional contra los subsidios que afectan nuestro acceso a los grandes mercados europeos. Pero, lo que no se considera, es que la política de subsidios en Europa se genera a partir del hambre y de una enorme necesidad de seguridad alimentaria en la posguerra, y que esa propuesta fue y sigue siendo absolutamente legítima para los europeos. Sin embargo, es verdad que esas políticas justificadas en su origen, derivaron luego en el respaldo a la industria alimentaria y a muchos modos de favorecer la exportación y un dumping internacional de producciones alimentadas con nuestros propios forrajes y que luego en los mercados internacionales se nos vuelven en contra a precios subsidiados. De todos modos, nuestra política exterior sigue siendo la de estar irracionalmente contra todo subsidio y también contra toda propuesta de seguridad alimentaria, cualesquiera que ellas sean y en cualquier lugar del planeta. Y esa política se mantiene aun al precio terrible de condenar a un tercio de nuestra propia población al hambre, ya que la clase política parece ser tan leal a las reglas de la OMC que para ser consecuente con su discurso internacional se niega a establecer precios sostén para alimentos destinados a la mesa de los argentinos, que podrían aliviar el hambre de los indigentes y evitar una próxima generación de argentinos intelectualmente disminuidos.
 
El libre comercio y nuestros pobres hambrientos sacrificados ante el altar de la coherencia...
 
Los enfrentamientos entre países en los mercados globales no refieren así a una discusión sobre el libre comercio, con el cual todos parecen acordar, sino sobre dos modos de ponerlos en práctica, uno con ciertas trampas proteccionistas y el otro absolutamente estricto y que no reconoce excepciones ni guarda piedad por sus propios y pobres hambrientos. Paradójicamente esta última postura en la política internacional pertenece fundamentalmente a países periféricos como la Argentina. Sin embargo, en nuestro país el medio ambiente esta subsidiando el modelo de la soja, permitiendo con absoluta impunidad que se deforesten millones de hectáreas de bosque nativo, que se degraden intensamente las zonas agrícolas tradicionales por los monocultivos y las nuevas tierras añadidas por agriculturización, que se contaminen las cuencas hidráulicas y que se degrade irremisiblemente la biodiversidad. Y todo esto sin contar las innumerables víctimas humanas, en especial niños, como consecuencia de las fumigaciones que impactan sobre los habitantes del campo y en especial sobre los barrios periféricos de todas las ciudades argentinas. Nuestros subsidios a la exportación son: un territorio ambientalmente devastado, por una parte, y la pobreza, el hambre y la indigencia de las poblaciones, por otra.
Pensamos que es legítimo que Europa se preocupe por su seguridad alimentaria y que el Estado proteja a su agricultura, pero consideramos inmoral que los subsidios sean para la exportación y deriven en efectos de dumping perjudiciales para el Tercer Mundo. También consideramos que Europa debería modificar la libre tasa de forrajes que Estados Unidos estableció y se reservó a partir del Plan Marshall, libre tasa que posibilita hoy nuestra conversión en republiqueta sojera; y consideramos además que cada país debería hacer su propio forraje, para de esa manera alcanzar producciones cárnicas equilibradas a las propias posibilidades. Nuestra propuesta se resume en que no necesitamos que nos ayuden, que nos basta con que nos saquen las manos de encima...
 
Reflexiones sobre la liberación nacional y la necesidad de recuperar un proyecto de país
 
La izquierda ha interpretado tradicionalmente a los procesos de liberación nacional como etapas propias de los países periféricos o subdesarrollados, en las que debían resolverse problemas pendientes tanto económicos como sociales, para poder plantearse luego la posibilidad del socialismo. En esa visión se median en buena medida nuestros desarrollos según el espejo europeo y se consideraba la necesidad de generar un sujeto revolucionario que solamente producían los procesos industriales, para poder proponerse luego la construcción del socialismo y tal como se pensaba poéticamente tomar el cielo por asalto... En realidad, no fue esa visión, en cambio, la que tuvieron todos aquellos que impulsaron los heroicos procesos de liberación nacional de la última mitad del siglo XX en numerosos países coloniales y semicoloniales. Ellos imaginaron modos de luchar que les posibilitaba la recuperación plena de lo humano que les había sido expropiado por el colonizador. Fanon, uno de los más grandes teóricos de la violencia política, dijo refiriendo al caso argelino: cuando un colonizado mata a un colono, muere un hombre pero otro nace, o sea que según Fanon la extrema pérdida de humanidad del colonizado requería la muerte del colonizador para poder recuperar en ese acto de exacerbada afirmación, su propia humanidad... una condición de hombre que había extraviado en el penoso proceso de su sometimiento y en la pérdida de la cultura y de la existencia de la Nación, que había significado para él, el terrible proceso de la colonización.
 
Recobrar la propia identidad, generar un Proyecto Nacional y pensar otro modelo de país
 
Aquellas heroicas luchas revolucionarias del siglo anterior pueden equipararse a las tareas semejantes que se nos imponen en nuestro siglo XXI. La recuperación de lo humano por parte del colonizado es siempre, y tanto en Fanon como en otros autores, la recuperación de la propia identidad, y ello sigue siendo una tarea pendiente. Junto a la afirmación orgullosa de esa identidad necesaria, falta la proclamación del hecho cultural de existir en la otredad aún no reconocida de ser diverso y único, y de estar arraigado tanto en un suelo dado, cuanto en una historia que nos provee un modo de saber quiénes somos, como para saber también de dónde venimos y por lo tanto poder determinar adónde queremos llegar... Son situaciones equiparables y que además continúan estando pendientes. Hoy en democracia y distantes de aquellas épocas marcadas por los paradigmas de la vanguardia y de la lucha armada, nos planteamos la necesidad de reconocer en las nuevas luchas libertarias y asamblearias, que se proponen desde la gente misma, medios para procurar pequeños aunque importantes objetivos de remediación de la conciencia, de la autoestima y en especial de la búsqueda de la identidad.
Nuestra clase política hace mucho tiempo que ha dejado de tener el oído pegado a los rumores de esa caldera que es la Argentina profunda. Como estamento político no dirigencial, en la medida que no asume la tarea de conducir la Nación, es una mera suma de fracasos personales, de vidas políticas recicladas, de identidades fracturadas, de interminables luchas intestinas y de miradas sin grandeza. Si la identidad se sustenta en la comprensión de la propia historia nacional, es ella, nuestra clase política, la menos indicada para exhibir hoy una impronta que no podría asumir sin avergonzarse... Para peor, la corrupción inherente a su prolongada permanencia en el poder a lo largo de más de 20 años de democracia, ha creado una crisis de representación de difícil retorno. En la realidad, el modelo de representación, que no es democrático, pareciera haber capturado al modelo de la democracia. El Estado o al menos lo que resta del Estado, resulta botín de guerra del modelo de representación. Seguimos esclavos de un proceso que sólo puede ser modificado mediante fuertes estallidos sociales.
Salir de los entrampamientos no será tarea fácil, quizá convenga reconocer que estamos apenas en etapas de preparación, en etapas de crecimiento y de conflicto. Que el tiempo de la coagulación de tanto esfuerzo aislado en un pensamiento nacional hegemónico aún no ha llegado.... Será tal vez el resultado de hechos imprevisibles, fruto de otras tantas crisis como las que hemos vivido y sufrido en los últimos años. Será entonces, y siempre, un punto de atracción y de maduración del pensamiento que permitirá recobrar los legados de la historia; será siempre el fruto de las luchas y de los esfuerzos inabarcables del conjunto de los hijos de esta tierra.
 

Artículo enviado especialmente por al autor para esta edición de Herramienta.