“La fuerza transformadora del kirchnerismo" Elecciones 2009: el kirchnerismo frente al espejo, la (ir)resolución del 2001

Pascual, Rodrigo F.

1. Al principio, el final: “Hubo un día en que nos dimos cuenta de que la hegemonía menemista no había terminado”

 
A pocos días de haberse sucedido las elecciones del 28 de junio (28J) de 2009, un militante de una vertiente del peronismo kirchnerista[2] me dijo en una entrevista informal: “Con las elecciones, nos dimos cuenta de que el menemismo[3] es una fuerza cultural, social, económica y política que está presente en todos los sectores sociales. Nosotros pensábamos que después del 2001, y con Néstor[4] después, eso había quedado sepultado. Hoy, gracias a las elecciones, vimos que el menemismo era mucho más fuerte (…) Hubo un día en que nos dimos cuenta de que la hegemonía menemista no había terminado”, ese día fue (¿tardíamente?) el 28 de junio de 2009.

 

 

Asimismo, en una nota de reciente publicación en el diario El Argentino, Ricardo Forster (21 de julio de 2009 http://www.elargentino.com/nota-50295-el-dialogo-politico.html), un reconocido intelectual de Carta Abierta, escribió:
 
Esos valores (sostenidos sobre la construcción de un individualismo arrasador de prácticas de solidaridad y de reconocimiento sociales; afirmadores de la verdad última emergente del mercado y de sus leyes sacrosantas; deudores del dominio exponencial de las gramáticas de la competencia y del éxito que se asociaron para la definición de un nuevo personaje de época: el ciudadano consumidor, ese que colocó sus intereses autorreferenciales, su propio bolsillo por encima de cualquier otra demanda hasta oponer esa nueva subjetividad egoísta a cualquier práctica de reconocimiento del otro) que parecieron desdibujarse con la crisis del 2001 regresaron, con particular virulencia, durante el conflicto alrededor de la resolución 125. […] el kirchnerismo no pudo, una vez que la alquimia astutamente desarrollada por los grandes medios de comunicación logró fusionar el retorno de la inflación, la manipulación de los datos del INDEC[5], el supuesto hegemonismo autoritario de Kirchner y el fantasma de la expropiación chavista, remontar esa estrategia de horadación que viene desde mucho antes de que la mesa de enlace se lanzara a su aventura destituyente.
Así, como nunca logró, salvo en un primer y fugaz momento, cautivar a las clases medias, tampoco logró construir nuevos puentes entre la política (que hizo muchísimo por revitalizarse después del salto al abismo producido por la caída de De la Rúa[6]) y los sectores populares.
Sin embargo, el kirchnerismo nunca pudo sortear sus movimientos espasmódicos y su falta de capacidad para producir entusiasmo entre los más postergados de la sociedad. Le faltó el lenguaje de la interpelación, ese que posibilita un ida y vuelta entre un proyecto que se quiere emancipador y los sectores populares. Nunca logró mostrar el hacia dónde y eso, sin dejar de reconocer, que su irrupción en la historia argentina constituyó algo excepcional, algo que vino a conmover la continuidad arrasadora de los poderes tradicionales. La densidad y la complejidad del desafío encarado por Kirchner, primero, y luego, por Cristina Fernández no se complementó con esas narrativas previas capaces de acompañar lo que iba desplegándose en el terreno de los hechos.
 
Un elemento común sobresale tanto en la entrevista como en los extractos de la nota de Forster: el kirchnerismo se autorrepresenta como una fuerza transformadora de la sociedad argentina que, según su propio relato, de un modo u otro no habría logrado revertir la hegemonía neoconservadora. Esta imposibilidad, según el (metar)relato de Forster, se debería a que los sectores subalternos no habrían sabido acompañar al proyecto emancipador de los Kirchner. Es esta imposibilidad la que se habría cristalizado en las últimas elecciones, en las cuales el 70% del electorado nacional no apoyó a la coalición gobernante. En este sentido, se puede efectuar una pregunta que guíe el ensayo: ¿qué tipo, cómo y sobre qué operó esa fuerza transformadora denominada kirchnerismo?; más aún, ¿qué expresan las elecciones del 28J sobre esa fuerza transformadora?
 
 
2. El resultado de las elecciones del 28J: un perdedor
 
Según las declaraciones de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK), las elecciones del 28J no tuvieron un ganador claro. Sin embargo, a pesar de que se mantuvo como primera minoría, la coalición gobernante fue claramente derrotada. Ello se observa tanto en el descalabro electoral de Néstor Kirchner en la provincia de Buenos Aires, como en la caída del Frente Para la Victoria[7] (FPV) en seis de los siete distritos electorales más importantes. Asimismo, la caída de alrededor del 18% de su caudal electoral y el 70 % de los votos en contra termina de dibujar el mapa de la derrota electoral del oficialismo.
 
Se nos puede objetar que no es comparable una elección presidencial con una legislativa, no obstante, se puede observar que del 44,9 % de los votos obtenidos por el FPV en 2007 cayó al 26,55% en las elecciones del 28J. Incluso, si comparamos estos datos con la elección legislativa de 2005, también, se visualiza una caída del 3,45% de los votos. Visto en términos absolutos, el desplome no fue tan estrepitoso como el 18% que arroja la primera cuenta. Sin embargo, sí lo fue, si se toma en cuenta que el actual descenso del caudal electoral se produjo en un momento en que la tendencia es a la baja. Según las palabras de la presidenta, esto se debería a un supuesto “desgaste” del gobierno. Solo las elecciones presidenciales de 2003 arrojan una suma negativa respecto de las últimas elecciones; no obstante, aquella fue una situación particular en la cual Néstor Kirchner era un ignoto candidato presidencial patrocinado por el presidente Eduardo Duhalde. Como sea, todas las comparaciones de los resultados electorales previos a las elecciones del 28J arrojan una performance negativa para la coalición gobernante[8].
 
Por si quedara dudas de que no hubo un ganador, pero sí un perdedor, el 29 de junio, el mercado local dio sus señales a través del Merval. El Grupo Clarín y una empresa dependiente del Grupo Techint, Siderar, lograron un marcado aumento en el valor de sus acciones: 30 y 14 por ciento respectivamente (La Nación, 30/06/2009). Ante esta reacción del Merval, se puede realizar una legítima pregunta: ¿qué expresó la City con este incremento del valor de las acciones de dos grupos, actualmente, antikirhneristas?
 
En las sucesivas líneas, intentaré aproximarme a una incipiente interpretación del resultado de las elecciones, a partir del análisis del proceso iniciado en 2002 por Eduardo Duhalde y continuado por Néstor Kirchner (2003-2007) y por Cristina Fernández de Kirchner (desde diciembre de 2007) hasta la actualidad. De esta manera, el trabajo que aquí presento no es estrictamente una radiografía del resultado electoral del 28J, sino, más bien, un intento de comprenderlo como una forma en que se manifestó la reconstrucción del poder gubernamental en la argentina post-2001. El punto de partida para este trabajo es la afirmación generalizada sobre los gobiernos de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, según la cual ambos tuvieron por objetivo la normalización de la sociedad argentina (Svampa: 2006), luego de que el antagonismo social se presentara en su máxima radicalidad en diciembre de 2001. El efecto de la normalización ha sido la reconstrucción del poder de mando estatal y su correlato en la sociedad como un proceso de ciudadanización de las luchas sociales. Esta reconstrucción del dominio estatal fue lo que se visualizó precisamente en las elecciones del 28J. Más aún, lo que se cristalizó en las urnas fue la vigencia del dominio neoconservador. Sin embargo, algo se puso en juego: dos modos de producir dicho dominio; o mejor, dos formas de conducir el antagonismo social inherente a la sociedad capitalista que, en este caso, se encuentra determinado por las luchas que culminaron en diciembre de 2001. No obstante, es menester aclarar que estos dos modos no necesariamente suponen el recambio del elenco electoral. Esta tarea podría ser asumida por la actual administración, aunque tal vez suponga la pérdida de su ya aminorado caudal electoral[9]
 
Desde esta perspectiva, la normalización es esa fuerza transformadora que reclama para sí el kirchnerismo, la cual ha implicado una metamorfosis del antagonismo social determinado por el ciclo de luchas que alcanzó mayor radicalidad en diciembre de 2001. Esta metamorfosis del antagonismo ha significado un replanteo del mismo bajo nuevas formas, reapareciendo bajo modos que lo niegan; es decir, el antagonismo toma la forma de conflictos entre grupos con intereses en pugna, manifestándose de manera diferenciada en lo político y en lo económico. En este sentido, la fuerza del kirchnerismo ha podido transmutar la radicalización del antagonismo manifestado en diciembre de 2001 en un conflicto productivo para las relaciones de acumulación capitalista. De esta manera, el kirchnerismo sería, simplemente, una forma particular de conducción del antagonismo social (Pascual: 2008) determinado por el ciclo de luchas que culmina en 2001, y que habría mostrado su fin(alidad) en el conflicto que mantuvo con las patronales agrarias entre marzo y junio de 2008. De modo preciso y paradójico, este fin(alidad) quedó evidenciado en el resultado de las elecciones del 28J. En definitiva, el kirchnerismo se enfrentó contra su propia fuerza y perdió.
 
3. Dos años atrás… el principio del fin: elecciones 2007
 
En 2007, con un amplio electorado a su favor, CFK venció en las urnas. Su victoria estaba consumada con anterioridad. La normalización de la insurrección de 2001, llevada a cabo por Duhalde y “concluida” por Néstor Kirchner, le daba al por entonces presidente de la república el privilegio de decidir quién sería su sucesor. La decisión de Kirchner de apartarse de la reelección se debió a una lectura que imponía la necesidad de que el 2001 sea llevado a una institucionalidad más duradera. CFK, por su trayectoria en el Congreso de la Nación y por su aplastante victoria sobre Hilda “Chiche” de Duhalde en las elecciones legislativas de 2005, tenía crédito propio como para postularse en la carrera presidencial. Asimismo, la continuidad de un Kirchner garantizaba al bloque en el poder y daba señales de una continuación en el plano económico y político. Por otra parte, además, esta decisión suponía, de alguna manera, oxigenar al Poder Ejecutivo y salir del discurso del estado de excepción, impuesto por las jornadas de 2001 y asumido por los presidentes Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner.
 
En cierto sentido, el bloque en el poder esperaba que CFK concluyera la normalización que su marido había alcanzado con mayor intensidad hacia 2006. Sin más, el mandato principal puesto sobre CFK consistía en que su administración pudiera entregar a la siguiente una normalización de la institucionalidad política en su conjunto, pues el primer paso ya había sido dado: la gente había dejado las calles. En otras palabras, las expectativas del bloque en el poder para con CFK se situaban en que esta borrara todos los rastros callejeros de 2001 y los encerrara en el “virtuosismo” de las instituciones republicanas: el Congreso de la Nación.
 
Además, este rasgo de institucionalización del mandato de CFK tenía su correlato en la apuesta por normalizar al Partido Justicialista (PJ). A pesar de que desde la militancia intelectual de Carta Abierta y de los movimientos devenidos oficialistas entendieran a este vuelco, sobre el anquilosado PJ, como un error estratégico, este giro toma sentido si se lo ubica dentro de las necesidades que Néstor Kirchner se trazara en 2003: la normalización. Entre 2002 y 2006, el foco fue la sociedad en su conjunto; ahora se debía dar continuidad al plano institucional. Cierto es que, sobre este nivel, ya se había dado unos primeros pasos con la renovación de la Corte Suprema de Justicia de la Nación; no obstante, eso fue solo un comienzo y un gesto producido para la normalización de la sociedad. En definitiva, luego de las elecciones de 2007, se imponía la necesidad de normalizar al PJ para lograr, por una parte, hacerse del aparato electoral y ordenador político más efectivo de la Argentina y, por otra, alcanzar la consolidación del bloque en el poder. Dicho con otras palabras, la “pejotización” del kirchnerismo no fue sino la continuación de sus propios objetivos.
 
La fuerza transformadora del kirchnerismo ahora tenía que enfrentarse con la “productividad” del PJ. Para ello, Néstor Kirchner se retiró a unas pocas cuadras de la Casa Rosada. Como representante de una fuerza plebeya, según el metarrelato de los intelectuales kirchneristas, el lugar elegido no debía moderar en gestos, y por ello, el kirchnerismo seleccionó una zona estrictamente obrera: el puerto. Sin embargo, la productividad del PJ lo llevó a que la elección del puerto recayera sobre uno que nunca funcionó como tal y que, menemismo mediante, se encontrara a la moda de las grandes ciudades portuarias del primer mundo: Puerto Madero (Svampa: 2006). Pero, ¿fue la productividad del PJ la que lo llevó a Puerto Madero o, tal vez, sea ese lugar al cual el kirchnerismo le debe y aplica su fuerza transformadora?
 
4. El kirchnerismo frente al espejo: el conflicto con las patronales agrarias
 
En febrero de 2008, cuatro organizaciones patronales del agro (Sociedad Rural Argentina, Confederaciones Rurales Argentinas, Federación Agraria Argentina y Confederación Intercooperativa Agropecuaria) conformaron una coalición con el objetivo de disputar el poder ostentado por las grandes empresas transnacionales que, según sus declaraciones, detentaban el mayor poder económico del actual patrón de acumulación. La disputa se produjo a través del bloqueo de los puertos, desde donde se exportaban los productos de oleaginosas, que eran, y son, controlados por lo que las patronales del agro ubican en la cúpula del modelo económico: las grandes empresas transnacionales.
 
El 11 de marzo de 2008, desde el Ministerio de Economía, se dio a conocer la Resolución 125, la cual pretendía modificar el sistema de retenciones a la exportación de oleaginosas. Las retenciones se fijarían a partir de la variación de los precios internacionales, que en ese momento, se encontraban en alza[10]. Con el antecedente de las acciones conjuntas de febrero, las cuatro organizaciones patronales agropecuarias reaccionaron de inmediato y conjuntamente frente al proyecto del Ejecutivo. Luego de tres meses y unos días de disputas callejeras y demostraciones discursivas, el gobierno nacional vio frustrada su iniciativa en la Cámara de Senadores por el voto “no positivo” de su vicepresidente, Julio Cobos. En los meses en los que se desarrolló el conflicto, el kirchnerismo debió enfrentarse con su propia fuerza transformadora. En las calles, encontró piquetes y cacerolas de “gente bien”, y no tanto, que reclamaban por lo que su líder había abogado en 2003: “un país en serio”. Asimismo, la derrota que los Kirchner sufrieron en el Senado de la Nación, culminada con el voto negativo del vicepresidente, no fue sino una muestra de la necesidad ante la cual se enfrentaba el gobierno de CFK: profundizar la institucionalización y producir un abroquelamiento del bloque en el poder. En este sentido, el voto “no positivo” de Cobos manifestó la paradójica normalización kirchnerista. Por una parte, la derecha, con fuerte apoyo social, ganó la calle, reclamando una supuesta intromisión del Estado en el mercado. Mientras que, por otro lado, la “plebe” kirchnerista había aprendido de su comandante en jefe que las calles y las plazas eran para circular y pasear. Y así fue que, ante la necesidad de ocupar las calles, la plebe fue numéricamente aplastada por las señoras de Barrio Norte. De este modo, por paradójico que suene, ambas acciones encuentran su fundamento en la normalización kirchnerista. Pero, mientras la primera expresa el modo en que la hegemonía neoconservadora sigue vigente, la segunda denota un nuevo modo de comando capitalista en el cual los movimientos sociales encuentran en el Estado a su interlocutor y no a su antagonista. Asimismo, el voto de Cobos indicó que la normalización no había operado tan profundamente sobre el nivel institucional, puesto que el propio Poder Ejecutivo se encontraba dividido. En otras palabras, el 2001 se mostraba raramente irresuelto en el propio aparato del Estado, aunque ya no en las calles.
 
Con el fin del conflicto sobre la Resolución 125, se puso fin al consenso que había podido conformar el bloque en el poder. El disenso se mostró tanto en lo económico como en lo político. En lo económico, el conflicto de las retenciones puso de manifiesto que las cuatro entidades agropecuarias no querían seguir jugando el papel de subalternas en el actual patrón de acumulación biotecnológico. Es decir, no querían seguir viendo cómo sus ganancias se menguaban a favor de los sectores - tildados de “ganadores” por las patronales del agro- que manejaban las exportaciones agropecuarias: transnacionales semilleras, pools de siembra y financieras[11] (Giarraca, Teubal y Palmisano: 2008), transfiriendo ganancias por distintos mecanismos; es decir, no querían seguir sosteniendo el nivel de subsidios a las empresas de servicios ni contribuir con el pago de vencimientos de la deuda externa. Y en lo político, el consenso generado por el kirchnerismo también se encontraba roto. El bloque en el poder había reconocido en el gobierno de Duhalde el comienzo del ciclo económico y de la normalización política de la revuelta de 2001. Sin embargo, fue al gobierno de Néstor Kirchner a quien le fue reconocido el encauzamiento de esa revuelta. Evidentemente, ello no se produjo sin resistencias[12].
 
Lo que las voces opositoras[13] reseñaban era (es) el peligro de reconocer que Kirchner era un resultado indirecto del 2001. Esto fue reconocido, incluso, por CFK a mediados de mayo de 2009 en una entrevista televisiva. Sin embargo, Néstor Kirchner no era el producto del poder de las movilizaciones sociales, sino de la incapacidad de aquéllas de producir algo nuevo. En este sentido, Néstor Kirchner no era el producto directo de las luchas, sino el fruto de la necesidad de sofocarlas. Esta necesidad quedó evidenciada en su eslogan de campaña: “por un país normal, por un país en serio”. A estas alturas, podemos comprender mejor nuestra aseveración: la fuerza transformadora del kirchnerismo no ha sido sino la fuerza del 2001 puesta en contra de sí misma: la normalización. Así, el aura fetichista que recorre el reconocimiento de Kirchner como un producto del 2001 queda develado. La fuerza transformadora del kirchnerismo se expresó en su capacidad de transmutar las luchas y Kirchner es su producto en el modo de ser negado[14].
 
En otros términos, la fuerza transformadora del kirchnerismo puede ser comprendida como un intelectual kirchnerista, aludiendo a la terminología gramsciana, lo hizo: una revolución pasiva (Godio: 2006). Sin embargo, como recuerda Martín Cortés (2009), la revolución desde arriba implica un transformismo de las clases dominantes, producto de las luchas de los sectores subalternos y de la propia incapacidad de estos por imponer su proyecto autónomo. En definitiva, el gobierno de Kirchner no es un producto de la capacidad de los sectores subalternos sino de su contrario. Las concesiones a la clase trabajadora y los gestos democratizantes del gobierno de Kirchner fueron determinados por el ciclo de luchas que culminó en 2001 y que había corroído la legitimidad del poder de mando estatal. En tal sentido, el progresismo kirchnerista fue una necesidad de recomponer la cuestionada hegemonía neoconservadora de los sectores dominantes. Y esto implicó una transformación del Estado y su modalidad de comando, al mismo tiempo que las luchas sociales también mutaban en un conjunto de demandas ciudadanas, que, paulatinamente, fueron reforzando el poder de mando estatal y la cuestionada hegemonía neoconservadora. Justamente, ha sido el costo político y económico de esta transmutación de las luchas y del estado lo que se ha impugnado fervientemente desde marzo de 2008 con la denominada “crisis del agro”.
 
De esta menara, se puede identificar, en el actual modo de operar de las oposiciones, que el consenso político de conducción del antagonismo kirchnerista no fue aceptado por un consenso duro, sino que se lo aceptó en un esquema débil, puesto por la radicalidad en que se presentó el antagonismo social en 2001 y su potencia destituyente. En este sentido, puede arriesgarse que las oposiciones hubieran preferido una victoria aplastante de una conducción política del antagonismo como la propuesta por Menem en 2003, quien sin tapujos prometía llevar a la gendarmería a las calles para finalizar con el 2001. Así, el trato mediático que recibieron, tanto la modificación del Código Contravencional de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 2004, como el cuestionado “estilo K”[15] frente a las protestas sociales durante los primeros años de gobierno, fueron una pequeña muestra de un deseo no realizado por las oposiciones.
 
Por último, cuando hacia fines de 2008 el Ejecutivo nacional sale al rescate de las AFJP -o como se lee en los manuscritos de las Cartas Abiertas, cuando el gobierno nacional hizo uso de su poder soberano y reclamó para sí el manejo de los aportes previsionales- no hizo sino un movimiento político que le permitió recuperar la iniciativa política y recomponer los apoyos perdidos tras el conflicto con las patronales agrarias. Precisamente eso produjo realineamientos, disputas y quiebres en los sectores progresistas. Así, por ejemplo, congresistas del ARI[16] pasaron a formar bloques independientes o se reagruparon en otros más proclives al accionar del gobierno nacional, aunque no necesariamente alineados.
 
5. Los primeros frutos de la normalización: el gordo y el flaco
 
Si tomamos el gobierno provisional de Duhalde y el de Kirchner como un conjunto, puede decirse que a fines de 2005 se consumó la normalización del antagonismo social abierto en 2001. Esto lo evidencian la transformación del conflicto y la victoria electoral del FPV. Pero también pueden tomarse otros indicadores, tales como la integración al gobierno de organizaciones de desocupados (como Barrios de Pie), la desaparición de la escena pública de las asambleas barriales y la deslegitimación de la protesta social en el plano social. En definitiva, que la agenda social pasara a manos de Juan Carlos Blumberg[17] y los promotores de la seguridad indicaba que la normalización había operado positivamente. Sin embargo, decir que en 2005 se clausura la normalización del país no significa que el cierre haya sido completo. Más bien, lo que se intenta señalar es que la sociedad movilizada, que enfrentaron Duhalde y Kirchner, ahora se moviliza por cuestiones “serias y normales”. Son precisamente estas nuevas cuestiones las que permiten hablar de un fin de la normalización, al mismo tiempo que de una clausura incompleta. En este sentido, el cierre del ciclo, que se había radicalizado en 2001, implicó una puesta bajo márgenes conducibles. Se produjo, entonces, un reencauzamiento, una transmutación del antagonismo abierto en diciembre de 2001 más que un cierre en sentido estricto. En las siguientes líneas, intentaré mostrar los sentidos contradictorios que expresó dicho reencauzamiento.
 
5.1. El gordo
 
El reencauzamiento significó mantener al antagonismo dentro de modalidades posibles para esta sociedad. Así, la radicalidad del 2001 empezó a emerger como un conflicto social controlable. Un indicador de ello es el salto cualitativo que se produjo en los conflictos sindicales entre 2004 y 2005. Mientras que en 2004 se registraron 249 conflictos sindicales, en 2005 fueron 819, este fue el índice más alto desde 1990 hasta ese momento (Svampa: 2006).
 
Sin embargo, este reencauzamiento tampoco ha sido aceptado de modo completo por el gobierno ni por las oposiciones. Desde las oposiciones, por ejemplo, se ha resaltado el peligro que los reclamos y las negociaciones sindicales producen en términos inflacionarios. Mientras, por el lado del gobierno, la aceptación se ha producido selectivamente. En este sentido, el gobierno accedió a negociar con los sindicatos de la Confederación General del Trabajo (CGT), reconociendo en Hugo Moyano a su interlocutor; sin embargo, todavía no le ha adjudicado la personería gremial como central a la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA) y, extremando aún más sus selecciones, mantuvo acciones represivas frente a organizaciones de base sindical. La radicalidad del 2001 no ha desaparecido completamente en el reencauzamiento de la lucha, su aparición en el interior de comisiones internas, en el sindicalismo de base y dentro de las organizaciones territoriales refuerzan nuestra tesis. Más aún, la radicalidad ha emergido bajo su forma de ser negada a través de este mismo reencauzamiento. Es ello, precisamente, lo que ha aparecido como inflación, y sobre lo que las oposiciones no dudaron en llamar la atención.
 
5.2. El flaco
 
La victoria de Mauricio Macri fue el modo en que la normalización se expresó con mayor radicalidad. Por controvertido que pueda sonar en los oídos de intelectuales y sectores progresistas, la elección de Macri como Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en 2007 fue la forma en que la normalización se impuso electoralmente. En cierto modo, desde distintos sectores de la izquierda, esto fue leído como una derechización de la sociedad. Si bien esta afirmación no carece de verdad, posee una mirada muy inmediata sobre el proceso abierto en 2001. Sin embargo, esta mirada inmediata da en el núcleo del proceso, pero no capta que el mismo implicó una lucha mediada entre lo aún no sido[18] y el poder de lo estatuido. En otras palabras, aquella mirada sobre la supuesta derechización de la sociedad parece anclarse en el imaginario de que en 2001 se había abierto un proceso revolucionario, el cual entró en una etapa contrarrevolucionaria a partir del ascenso de Kirchner. En definitiva, esta mirada de la situación prerrevolucionaria permanente parece coincidir, paradójicamente, en las afirmaciones de la militancia kirchnerista: hubo un día en que se dieron cuenta de que la fuerza de la hegemonía neoconservadora mostró que ella no se funda, simplemente, en el miedo y que, por tanto, era mucho más duradera (Bonnet: 2009).
 
Por otra parte, aquella lectura sobre la supuesta derechización de la sociedad supone observar solo el lado negativo del grito ¡que se vayan todos! No obstante, en su interior coexistía una positividad de carácter moral (Bonnet: 2005): la necesidad de volver a una supuesta normalidad perdida. Es más, la positividad de la normalidad reclamada subyacía en las luchas contra el neoconservadurismo como la necesidad de que las estructuras estatales dejaran de ser corruptas y que el estado reasumiera el poder soberano que habría perdido frente al poder global. En tal sentido, nuevamente, es válido recordar el lema de campaña de Kirchner – Scioli[19]: Argentina, un país en serio; por un país normal. Asimismo, en su discurso de asunción, Kirchner asume dicha positividad leída bajo la necesidad de recuperar al capitalismo (nacional). Fue esta asunción por un país capitalista en serio lo que postulaba a Kirchner como un político externo de la escena nacional durante la fiesta menemista. No obstante, Kirchner era un legítimo producto del PJ, y su compañero de campaña un signo indiscutido de los sueños prometidos por el neoconservadurismo de Menem: el éxito deportivo y empresarial y una esposa modelo.
 
En síntesis, el 2001 no fue un proceso abierto por el jacobinismo ni el 2003 fue el Termidor. El 2001 fue, simplemente, la expresión más radical del ciclo de luchas abiertas hacia mediados de la década pasada (Bonnet: 2009). Así, entre 2002 y 2005, se puso en marcha un proceso de transformación de aquellas luchas y, simultáneamente, una metamorfosis del estado. En tal sentido, he afirmado que la fuerza transformadora del kirchnerismo debe buscarse en su capacidad de transmutar las luchas radicalizadas de 2001, que fueron enmarcadas dentro de los límites de la institucionalidad democrática y del sistema de representación partidario y corporativo. A su vez, esa fuerza se ha expresado a nivel estatal como revolución pasiva.
 
Retornando a Macri, debe señalarse que, aunque no haya surgido de las entrañas del kirchnerismo, su perfil es similar al del ex presidente y al de su compañero vice. Todos ellos se presentaron en la escena electoral como outsiders. Así, Macri se presentó como el empresario exitoso y libre de pecados gubernamentales, como lo hiciera Scioli en el decenio de los ‘90, y también, como lo había hecho Kirchner en las elecciones de 2003, se presentó completamente desentendido de sus relaciones carnales con el gobierno de Menem. Asimismo, Macri se postulaba como garante de la institucionalidad política con el handicap del saber hacer que le habría otorgado la conducción empresaria y la presidencia del club Boca Juniors, devenido en empresa deportiva. En otras palabras, la normalización encarada por Kirchner tuvo entre sus prioridades el reestablecimiento de la legitimidad empresarial, desacreditada en 2001, y de la institucionalidad política bajo la égida de emergentes supuestamente no involucrados en los gobiernos neoconservadores de Menem y de De la Rúa. De esta manera, se comprende que el éxito de Macri no podía haberse sucedido en las elecciones de 2003, cuando Ibarra logró imponerse, sino, en el momento en el que la normalización ya estaba en funcionamiento, y ello fue después de 2005. 
 
6. El escenario preelectoral al 28 de junio: “Lo que se juega es la gobernabilidad” (N. Kirchner, dixit)
 
Como mencionamos, la victoria de Macri es el modo más radical en que se manifiesta la normalización llevada a cabo por Duhalde y Kirchner. A raíz de ello, las declaraciones de este último sobre el peligro que correría la gobernabilidad, si perdía las elecciones legislativas del 28J, ponía de manifiesto, no tanto que la gobernabilidad estuviera realmente asediada, sino el modo en que se alcanzó la gobernabilidad desde 2003 a la fecha. Ello quedó evidenciado cuando, al poco tiempo de asumir la Jefatura de Gobierno, Macri impulsó medidas de ajuste que produjeron respuestas inmediatas tales como paros y movilizaciones diversas. En este sentido, lo que actualmente está en juego no es la gobernabilidad (conducción del antagonismo) sino el modo en que ha sido producida por el kirchnerismo. Lo que está en disputa es la actualidad de la fuerza transformadora del kirchnerismo. En definitiva, lo que el ex presidente estaba anunciando era su propia imposibilidad de haber constituido una normalización más acabada.
 
Precisamente, fue en ese alarido realizado en las tablas del Teatro Argentino de La Plata donde Kirchner representó la farsa de su gobierno y puso el rey al desnudo, pues mostró cuál era el origen de su fuerza y al mismo tiempo su pecado original: la gobernabilidad. En las tablas del Teatro Argentino,el 2001 apareció como no del todo enterrado, cual el padre en Hamlet, como un fantasma. En la teatralización de su propia obra, Kirchner reconoció a su padre y lo atormentó: el antagonismo no puede ser enterrado. Haberlo reconocido fue el error más grande que, tanto Joaquín Morales Solá como Mariano Grondona[20], le reclamaban desde el palco de La Nación. Así, las oposiciones también pusieron el grito en el cielo cuando el ex presidente anunció que si el gobierno perdía en las próximas elecciones legislativas, el 2001 regresaría. Sin embargo, Domingo Cavallo[21] hizo una corrección, aunque no sin cinismo y desligándose de las muertes de diciembre de 2001, diciendo que en verdad se volvería a 2002, dado que se estaría bajo la muerte de la convertibilidad, puesta por el antagonismo social, y su gobernabilidad.
 
En síntesis, una vez más, la derecha encabezada por los editorialistas de La Nación -y sus seguidores políticos Macri, Michetti[22], De Narváez[23], Carrió[24], etc.- enunciaba el riesgo de hacer consciente dicha irresolución. Es en ese sentido que las oposiciones han llamado al fortalecimiento de las instituciones republicanas. Son ellas las que pueden garantizar que la democracia se mantenga lejos de la calle, un oxímoron. 
 
En otras palabras, lo que las oposiciones pusieron de manifiesto fue que el malestar no se lo producía la fuerza transformadora del kirchnerismo, sino que esta fuerza fuera el producto de lo aún no sido aunque puesto contra sí mismo -¡y cómo si fuera poco lo reconoce!-. Es dentro de este escenario que, en los últimos días de campaña, Kirchner moderó su discurso, contrariamente a lo hecho en su campaña de 2003. Es decir, que lo que estaba en juego no era (es) el kirchnerismo sino el modo en que se conducía el antagonismo social. De esta manera, la contrapartida de la exaltación de las virtudes republicanas, que se le opusieran en la campaña al gobierno del FPV, no es sino el modo en que las oposiciones comprenden que el 2001 debe ser definitivamente clausurado en el plano institucional.
 
Evidentemente, la resolución parcial del 2001 aparece de modo que poco parece relacionarse con aquel suceso, ya mencionamos algunas. Ahora, podemos incluir entre estas formas a la dispersión de frentes electorales. De este modo, se observa que el PJ y la UCR (Unión Cívica Radical) siguen disgregados. Sin embargo, mientras que la UCR se recompuso (o descompuso) en el Acuerdo Cívico y Social para las elecciones del 28J, el PJ se volvió a separar luego del conflicto entre el Ejecutivo Nacional y las patronales agropecuarias, o mejor, no volvió a juntarse. En cierto sentido, si la unidad que la UCR realizó antes de las elecciones puede comprenderse como la búsqueda de un consenso, aunque con matices, en torno a cómo conducir el antagonismo, luego del conflicto con las patronales agropecuarias, la disgregación del PJ, por su parte, debería también buscar su fundamento en el desacuerdo interno, el cual se mantuvo alrededor de cómo conducir el antagonismo tras los sucesos de marzo a junio de 2008.
 
Por último, quisiera señalar tres aspectos referidos a dos niveles diferenciados que se pusieron en juego en el escenario preelectoral. Por una parte, se medía la capacidad del gobierno de mantener el poder de veto para la elección de su sucesor presidencial. En este sentido, Daniel Scioli y el “Lole” Reutemann[25] ponían sus candidaturas a prueba. Pero, por otra parte, Carrió hacía lo suyo intentando posicionarse como la oposición posible y Macri esperaba detrás de los resultados de De Narváez y Michetti, jugando su papel de suplente con posibilidades de entrar a último momento. Pero más allá de la superficialidad de las candidaturas, lo que se estaba testeando era el modo en que la sociedad estaba dispuesta a ser conducida. A la luz de estos últimos ocho años y del resultado de las elecciones, si una cosa ha quedado en claro, es que el PJ es la coalición que puede conducir el antagonismo social.
 
6. A modo de cierre: el resultado de las elecciones. ¿Fin de qué?
 
Llegado a este punto, se puede afirmar que el tipo de fuerza que el kirchnerismo representa es la de lo aún no sido puesto de forma invertida como proyecto del gobierno. Es decir, la fuerza de lo aún no sido, expresado en 2001, se ha invertido y contrapuesto a su origen: las luchas sociales. Fue esta inversión lo que el gobierno utilizó como punto de partida para reconstruir el poder de mando y la legitimidad estatal. En otras palabras, el kirchnerismo es una fuerza ajena al proyecto emancipatorio. Se nutre de él y lo revierte al ponerlo en los términos del poder estatal. La fuerza de las luchas sociales reaparece transmutada, negada, en las formas políticas de la relación del capital, como por ejemplo, luchas salariales, conflictos por retenciones, etcétera.
 
Esta fuerza operó tomando elementos positivos del grito ¡que se vayan todos! y desde ese núcleo trabajó. Actuó sobre la movilización de la utopía de la autodeterminación social, invirtiéndola y colocándola como autodeterminación del Estado frente a las injerencias extranjeras. Más aún, lo hizo integrando a una parte de los movimientos sociales y de las organizaciones de la burocracia obrera. De igual modo, aquella fuerza operó sobre la sociedad en su conjunto y particularmente sobre aquellos sectores medios y bajos que habían confrontado con el Estado desde mediados de la década del noventa, y que se habían radicalizado hacia 2001, con la renuncia de De la Rúa (Bonnet: 2009).
 
Mi argumento sobre el reencauzamiento del antagonismo no significa que en los noventa la lucha sindical no haya existido. Se puede, incluso, observar que las organizaciones de desocupados se habían nutrido de organizaciones previamente sindicales. Todavía más, la década del noventa muestra una activa lucha de los sindicatos, incluso la de la actual dirigencia de la CGT. Lo que se modificó es el modo en que se desenvuelve esa lucha. Si en los noventa esta se producía contra el Estado, es decir, teniendo a éste como antagonista, y también contra las empresas, ahora las luchas se producen, fundamentalmente, entorno a disputas salariales, o contra despidos, poniendo al Estado como un interlocutor “amigo”. En este sentido, se produce un reencauce vis-à-vis a nuevas formas de lucha y transformación del Estado.
 
Fue sobre estas mutaciones que operó el conflicto del campo. Más aún, es sobre la base de la normalización que una demanda, como la hecha por las patronales agrarias contra el Estado sobre la injerencia de este en el mercado, pudo alcanzar legitimidad. Y ello se debió, evidentemente, a que la fuerza del kirchnerismo no fue sino el reestablecimiento de la legitimidad neoconservadora, aunque puesta sobre nuevas formas. Así, el vuelco del kirchnerismo sobre el PJ se comprende de modo más cabal. Vale recordar, para aquellos que gustan de escribir cartas y encontrar fuerzas transformadoras, que durante el conflicto con las patronales agrarias la Presidenta rememoró a sus “opositores” que el Partido Justicialista no aboga por la lucha de clases, ya que Perón les había enseñado que el camino era la reconciliación. Indudablemente, ese camino puede ser más costoso y tener efectos económicos no muy deseados, a saber: incremento de la ocupación, y por este medio producir una redistribución indirecta del ingreso, generando inflación de los precios por intervención sobre el valor global (devaluación); concesiones a la clase obrera a través del manejo de estructuras gubernamentales, etcétera. En definitiva, reconocer bajo modos negados el poder de las luchas sociales.
 
Asimismo, el reclamo realizado por Macri -junto con sus amigos del PRO[26], de las patronales agropecuarias y de la Coalición Cívica[27]- “de volver al mundo” es expresivo de la disputa que se abrió en 2008. Mientras que el gobierno se ha apoyado en las estructuras nacionales para controlar y manejar el antagonismo social, las oposiciones claman por una conducción internacional como la producida durante los años de la estabilidad. Sin embargo, esto no debe comprenderse como una disputa entre dos modelos antagónicos sino como dos formas diferentes del mando estatal. A pesar de ello, el gobierno no necesariamente se sitúa en una posición definitiva, ello dependerá del modo en que se desenvuelva el antagonismo social y no de la disputa entre componentes de la burguesía. Desde el plano materialista histórico, sabemos que el antagonismo entre capital y trabajo no necesariamente debe cerrarse en un cambio de manos del poder de mando del capital. Eso depende de la (y de las) forma(s) en que como antagonistas nos organicemos.
 
En síntesis, la fuerza transformadora del kirchnerismo, o como llama Svampa (2006), la productividad del peronismo, hay que buscarla en su capacidad de normalizar el antagonismo social y no en su supuesto contenido emancipador. Fue, precisamente, ante esta fuerza normalizadora contra la cual se enfrentó el oficialismo el 28J y perdió: el kirchnerismo no hizo más que mirarse al espejo.
 
Ante el resultado electoral, la City porteña festejó con el aumento de las cotizaciones de las acciones de Siderar y del Grupo Clarín. Esa fue una señal de un nuevo momento. Sin embargo, las oposiciones no dudaron en exponerse mediáticamente, y un día antes de la inauguración de la Rural de 2009, un dirigente no vaciló en reivindicar el apellido Martínez de Hoz[28]. El significante ahí ha operado con toda su fuerza. Un acercamiento a ese significante, entonces, nos dice que para que los fantasmas no se hagan carne, la rural apuesta hacer “bosta” a la clase trabajadora. Es, pues, en la mirada de las oposiciones el momento de avanzar.
 
En este sentido, la autoorganización se hace más imperiosa que nunca. No es ahora cuando “tenemos que hacernos kirchnerista”, como reclama el entrevistado, sino que ahora es más urgente que nunca cuando se debe reconocer los distintos escuadrones del enemigo; y ello implica, a su vez, autonomía y antagonismo frente a todo proyecto que sea ajeno al proyecto auto-emancipador.
 
En definitiva, el resultado de las elecciones enuncian un fin, pero, ¿de qué? Eso depende de la capacidad que, como izquierdas, se tenga (tengamos) de realizar el poder de los sueños y las luchas aún no realizadas.
 
 


Bibliografía
 
Belkin, Alejandro “El oficialismo perdió votos por derecha”.Prensa de frente, julio de 2009. http://www.prensadefrente.org/pdfb2/index.php/new/2009/07/20/p4911.
Bonnet, Alberto, “Kirchnerismo: el populismo como farsa”. En Revista Periferias Nº 14 (2007).
Bonnet, Alberto, “Las relaciones con el estado en las luchas sociales recientes. Un planteo del problema a partir de la experiencia argentina”. Artículo de libro en edición.
Girraca, Norma; Teubal, Miguel y Palmisano, Tomás, “Paro agrario: un conflicto alargado”. En Realidad Económica Nº 237 (2008).
Forster, Ricardo, “El diálogo político”, Diario El Argentino (2009). http://www.elargentino.com/nota-50295-el-dialogo-politico.html
Pascual, Rodrigo F., “El objeto y más allá. Una interpretación de la Autoconvocatoria No al ALCA de Argentina. Foucault, Adorno y el Marxismo Abierto”. En actas del IV Congreso Internacional de la SEPLA. América Latina escenarios del nuevo siglo. Nuevos desafíos y horizontes de transformación (22, 23 y 24 de Octubre de 2008). Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Económicas, 2008.
Svampa, Maristela, “La Argentina: Movimientos sociales e izquierdas”. En Revista Grupo Democracia y Desarrollo Local Nº 5 (2006).
 
Fuentes periodísticas consultadas
Diario Clarín, Buenos Aires, julio de 2009.
Prensa de Frente. Buenos Aires, julio de 2009.
Diario La Nación. Buenos Aires, marzo - julio de 2009.
Diario Página 12. Buenos Aires, marzo - julio de 2009.
 
Trabajo enviado por el autor para su publicación en Herramienta.
 
 
El autor quisiera agradecer a Luciana Ghiotto, Christian Trefontane, Gabriela Rivas, Néstor López, y Juan Pablo Puentes por sus lecturas minuciosas. También a los compañeros de la Universidad de Quilmes: Alberto Bonnet, Matías Ezquenazi, Juan Grigera, Adrián Piva, Julián Kan Sebastian Salvia y Laura Álvarez, quienes ofrecieron sus lecturas y conversaciones críticas.
 
[2] Tendencia política dentro del Partido Justicialista iniciada por Néstor Kirchner, presidente de la Argentina entre 2003 y 2007, y continuada por su esposa y actual presidenta, Cristina Fernández de Kirchner. (N. del E.)
[3] Vocablo derivado de Carlos S. Menem, presidente de la Argentina entre 1989 y 1999. (N. del E.)
[4] Se refiere al ex presidente Néstor Kirchner. (N. del E.)
[5] Instituto Nacional de Estadística y Censos. (N. del E.)
[6] Fernando De la Rúa, presidente de la Argentina entre 1999 y 2001. (N. del E.)
[7] Coalición política liderada por Néstor Kirchner. (N. del E.)
[8] Las recientes elecciones a cargos legislativos muestran que el oficialismo disminuyó sensiblemente su caudal electoral. Sin embargo, continúa siendo la primera fuerza a nivel nacional. En todo el país, obtuvo 5.081.671 votos, un 26,55%. En segundo lugar aparece el Acuerdo Cívico y Social (ACyS) con 4.506.648 sufragios, que representan un 23,55%. Como tercera fuerza, se ubica la alianza Unión-Pro, que alcanzó a sumar 3.391.391, un 17,72% (La Nación, 30/06/2009). En 2007, el gobierno había ganado en 20 de los 24 distritos electorales, esta vez solo triunfó en 12. Además, “el oficialismo perdió en 6 de los 7 principales distritos, que equivalen, los 6 juntos, al 71% del padrón electoral nacional. La única de esas primeras 7 que ganó es Tucumán (Nueva Mayoría, 29/06/2009)”. A pesar de mantenerse como primera minoría, el Frente para la Victoria (FPV) resignó una veintena de bancas de las 72 que puso en juego, entre senadores y diputados (Crítica, 29/06/2009). En la Cámara alta, “perdió la mayoría propia e incluso quedó apenas por debajo de la línea necesaria de 37 bancas para tener quórum por sí solo. El bloque K conservará 36 senadores, con lo que a pesar de seguir siendo la primera minoría se verá obligado a buscar alianzas para poder promover sus proyectos. [...] Los números son contundentes: de las ocho provincias en las que se elegían senadores, el Frente para la Victoria solo pudo imponerse en tres: Tucumán, Chubut y La Pampa” (Página 12, 29/06/2009). Por su parte, en la cámara de diputados, “el kirchnerismo se mantiene como primera minoría, pero, a partir de diciembre, pasará de 115 a 96 legisladores” (Página 12, 29/06/2009). (Alejandro Belkin, Prensa de frente, julio de 2009)  
[9] Agradezco a Juan Grigera, quien me hiciera esta aclaración.
[10] No son los pormenores de estas medidas lo que aquí nos interesa, sino señalar el resultado político que se desprende al finalizar el conflicto. Para un análisis de los hechos, puede consultarse: Alberto Bonnet, “El lock-out agrario y la crisis política del kirchnerismo”. En Herramienta Nº 42 (2009); Norma Girraca, Miguel Teubal y Tomás Palmisano, “Paro agrario: un conflicto alargado”. En Realidad Económica Nº 237 (2008); Christian Castillo “‘Campos’ que no son nuestros”. En Lucha de clases Nº 8 (2008); Gastón Gutiérrez y Matías MaielloEl ‘ser’ de la intelectualidad K”. En Lucha de clases Nº 8 (2008) y el Anuario Nº 4 del EDI, que se dedica en su totalidad al tema.
[11] Cargill, Dreyfus, Aceitera General Deheza, Molinos Ríos de la Plata, Vicentin, Monsanto y Nidera, así como Repsol YPF, Minera Alumbrera y Tenaris Siderca. Estas tres últimas las mencionamos porque son parte de las 10 empresas que muestran mayores registros de exportaciones durante 2007, aunque no sean estrictamente pools de siembra.
[12] Vale recordar tanto los editoriales de La Nación, como las inconformidades de las oposiciones de turno, que no vacilaron en levantar la voz cuando el gobierno comenzó a negociar con sectores dialoguistas de los movimientos de desocupados ni cuando inició el diálogo y el reconocimiento a los movimientos de Derechos Humanos. También tuvo fuertes críticas editoriales cuando dio apoyo a movilizaciones sociales, tales como el evento producido en el estadio mundialista de Mar del Plata, producido dentro de la IIIº Cumbre de los Pueblos. Este evento fue organizado al margen del gobierno, aunque los medios lo hayan identificado con aquel y con Chávez, ya que este fue uno de sus principales oradores.
[13] En el texto hago uso de oposiciones para dar cuenta de dos dimensiones de la oposición, a saber: política y económica. Asimismo, dado que el término requeriría especificaciones según la ocasión, preferí usar en todo el texto el término en sentido amplio. De este modo, la referencia opera siempre de la misma manera; es decir, refiere a las dos dimensiones mencionadas.
[14] En este sentido puede consultarse el artículo de Alberto Bonnet, “Kirchnerismo: el populismo como farsa”. En Revista Periferias Nº 14 (2007).
[15] Se refiere al modo de gobernar de Néstor Kirchner y, luego, de Cristina Fernández de Kirchner. (N. del E.)
[16] Partido Afirmación por una República Igualitaria, fundado por Elisa Carrió. (N. del E.)
[17] Hombre que se insertó en la escena política tras el secuestro y asesinato de su hijo, Axel Blumberg. Este caso había conmocionado a la sociedad y cobrado tal notoriedad y popularidad que lo llevó a proponer, impulsado por los medios, cambios, con matices conservadores y clasistas, para combatir la inseguridad. (N. del E.)
[18] Entiendo a lo aún no sido como las luchas presentes que (pre)figuran la sociedad autoemancipada. El término proviene de Ernest Bloch y podría entenderse en la conocida frase de Antonio Gramsci como lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer. La utopía que moviliza la lucha de clases y que está determinada por la existencia contradictoria de las relaciones sociales capitalistas.
[19] Daniel Scioli, entre los años 2003 y 2007, acompañó como vicepresidente a Néstor Kirchner. Actualmente, es el gobernador de la provincia de Buenos Aires. (N. del E.)
[20] Ambos, periodistas conservadores y críticos del gobierno. (N. del E.)
[21] Economista y político. Sus cargos más relevantes fueron: Presidente del Banco Central de la República Argentina en 1982, durante la última dictadura militar, y Ministro de Economía entre 1991 y 1996 (presidencia de Menem) y en 2001 (presidencia de De la Rúa).
[22] Gabriela Michetti, vicejefa de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires hasta su renuncia previa a las elecciones del 28 de junio de 2009, en las cuales fue elegida como diputada nacional.
[23] Francisco De Narváez, empresario devenido político. En las elecciones legislativas del 28 de junio, superó a Néstor Kirchner por 2 puntos.
[24] Elisa Carrió, política, ex partidaria de la Unión Cívica Radical. Fundadora del ARI (Ver N. 17) y, luego, de la Coalición Cívica. (N. del E.)
[25] Carlos “Lole” Reutemann, partidario del PJ. Fue dos veces gobernador de la provincia de Santa Fe y tres veces senador nacional, cargo que ejerce en la actualidad. (N. del E.)
[26] Partido político liderado por Mauricio Macri. (N. del E.)
[27] Ver N. 25.
[28] Este apellido pertenece a una de las familias más conservadoras de la Argentina. José Toribio Martínez de Hoz fue uno de los miembros fundadores de la Sociedad Rural Argentina y presidente de la misma desde su fundación, 1866, hasta 1870. Otro de sus miembros, más cercano al presente, es José Alfredo Martínez de Hoz, nacido en 1925, quien se desempeñó como ministro de economía de la Argentina entre 1976 y 1981, durante la última dictadura militar. (N. del E.)