Memoria y utopía en México. Imaginarios en la génesis del neozapatismo. Prefacio de Michael Löwy a la edición original en francés

Löwy, Michael

El bello libro de Fernando Matamoros Ponce, sociólogo mexicano que vivió en Francia, es a la vez una obra de ciencia social, de historia y de sociología de las religiones, y la obra de un intelectual comprometido que ha elegido el campo de los indígenas y los oprimidos. Nos hace descubrir la génesis del neozapatismo, cuyas raíces se remontan lejos, siglos atrás: en las tradiciones culturales precolombinas, así como en el combate de los cristianos solidarios con los indios –la línea creyente que va de Bartolomé de Las Casas a monseñor Samuel Ruiz, pasando por Jerónimo de Mendieta, Antonio de Montesinos y Vasco de Quiroga– y en la fe de los “apóstoles” de la Independencia (los curas Hidalgo y Morelos).

Su análisis demuestra de modo convincente la potencia creativa de la tradición: los indígenas abrevan en su historia de vencidos, en su cultura ancestral, recursos de resistencia a la “modernización” impuesta por el Estado. No se equivoca al insistir en la importancia de los mitos en la génesis del imaginario rebelde de los neozapatistas. Nadie había previsto esto mejor que ese incorregible romántico y heterodoxo marxista que se llamaba José Carlos Mariátegui, profeta del socialismo indoamericano.
¿Qué es el neozapatismo? Se trata, nos explica Fernando Matamoros, de un coctel explosivo que mezcla guevarismo e indigenismo, teología de la liberación y mitos fundadores de la nación. Por medio de un trabajo sobre la memoria original, vuelve a dar sentido al mundo e inspira las luchas contra los mitos del capital, no solamente en Chiapas y en todo México, sino en el mundo entero.

Vivimos una época de desencantamiento del mundo. El capitalismo, bajo su forma neoliberal, ha reducido más que nunca todos los nexos sociales, todos los valores, todas las cualidades a la condición de mercancías. Es el reino de la cuantificación, de la mercantilización, de la monetarización universal. Es una época en que todos los sentimientos humanos son ahogados en eso que el viejo Marx llamaba “las aguas glaciales del cálculo egoísta”.

Movimiento en disidencia contra el neoliberalismo, el nuevo zapatismo apunta, en su escala modesta, a un reencantamiento del mundo. Es un movimiento portador de magia, de mitos, de utopías, de poesía, de romanticismo, de entusiasmos, de locas esperanzas, de “mística” –en el sentido que daba a este término Charles Peguy, en oposición al de “política”–, de fe. Está también lleno de insolencia, de humor, de ironía y de autoironía. No hay contradicción, pues como escribiera György Lukacs en La teoría de la novela, la ironía es la mística de las épocas sin Dios... Esta capacidad para reinventar el reencantamiento del mundo es sin duda una de las razones de la fascinación que ejerce el zapatismo, bastante más allá de las montañas de Chiapas.

¿De qué está hecho este nuevo zapatismo? Es un tapete tejido con hilos de diferentes colores, los antiguos y los nuevos, que se entrecruzan en un dibujo maravilloso del que sólo los indios mayas conocen el secreto.

El primer hilo, la primera tradición, es el guevarismo, el marxismo en su forma revolucionaria latinoamericana. El primer núcleo del EZLN era, como nos recuerda Matamoros, guevarista. Por supuesto, la evolución del movimiento lo ha llevado bien lejos de ese origen, pero la sublevación de enero de 1994, así como el espíritu mismo del Ejército Zapatista guarda algo de esa herencia: la importancia de la lucha armada, el lazo orgánico entre los combatientes y el campesinado, el fusil como expresión material de la desconfianza de los explotados hacia sus opresores, la disposición a arriesgar su vida por la emancipación de sus hermanos. Estamos lejos de la aventura boliviana de 1967, pero cerca de la ética revolucionaria tal como la encarnaba el Che.

El segundo hilo, el más directo sin duda, es de modo evidente la herencia de Emiliano Zapata. Es a la vez la sublevación de campesinos e indígenas, el Ejército del Sur como ejército de masas, la lucha intransigente contra los poderosos, que no busca apropiarse del poder, el programa agrario de redistribución de las tierras, la organización comunitaria de la vida campesina –lo que Adolfo Gilly llamaba “La comuna de Morelos”–, apoyándose, como recuerda Fernando Matamoros, en las raíces colectivas del viejo calpulli (lugar y sistema de reunión comunitaria) precolombino.

Pero es también Zapata el internacionalista, quien saludaba, en una célebre carta de febrero de 1918, a la Revolución rusa, insistiendo sobre “la visible analogía, el paralelismo evidente, la paridad absoluta” entre ella y la revolución agraria de México:

La una y la otra son dirigidas contra eso que Tolstoi llamaba “el gran crimen”, contra la infame usurpación de la tierra que, a pesar de ser propiedad de todos, como el agua y el aire, ha sido monopolizada por algunos poderosos, sostenidos por la fuerza de los ejércitos y por la iniquidad de las leyes.

“Tierra y Libertad” es la consigna central de los nuevos zapatistas, que son los continuadores de una revolución interrumpida (para retomar el título del bello libro de Gilly) en 1919 con el asesinato de Zapata en Chinameca.

La teología de la liberación es un hilo del que los zapatistas no hablan mucho. Sin embargo, sin el trabajo de concientización de la comunidades indígenas y de auto-organización con vistas a luchar por sus derechos promovida por monseñor Ruiz y sus miles de catequistas desde los años setenta, es difícil imaginar que el movimiento zapatista haya podido lograr el impacto que tuvo en Chiapas. Por supuesto, ese trabajo no tenía vocación revolucionaria y rechazaba toda acción violenta. La dinámica del EZLN será totalmente otra. Pero esto no impide que, sobre todo, en las comunidades indígenas muchos zapatistas –y no los menos– hayan sido formados por la teología de la liberación, por una fe religiosa que ha elegido el compromiso con la auto-emancipación de los pobres.

Quizá el hilo más importante es la cultura maya de los indígenas de Chiapas, con su relación mágica con la naturaleza, su solidaridad comunitaria, su resistencia a la modernización neoliberal. El neozapatismo se refiere a esa tradición comunitaria del pasado, precapitalista, premoderna, precolombina. Mariátegui hablaba, no sin exageración de “comunismo inca”: se podría hablar, en el mismo espíritu, de “comunismo maya”. ¿Es esto romanticismo? Quizá. ¿Pero cómo romper, sin el martillo encantado del romanticismo revolucionario, los barrotes de la jaula de acero –para retomar la expresión de Max Weber– donde nos ha encerrado la modernidad capitalista?

El EZLN es el heredero de cinco siglos de resistencia indígena a la Conquista, a la “Civilización” y a la “Modernidad”. No es por azar que la sublevación haya sido originalmente planeada para 1992, la fecha del quinto centenario de la Conquista, y que en ese momento una masa de indígenas organizados ocupara San Cristóbal de Las Casas, derrocando la estatua del conquistador Diego de Mazariegos, símbolo odioso de la explotación de los indígenas y de su reducción al servilismo.

El último hilo, el más reciente, que ha venido a juntarse con los otros después de 1994, son las exigencias democráticas de la sociedad civil mexicana, de esa inmensa red de sindicatos, de asociaciones de colonias, de mujeres, de estudiantes, de ecologistas, de partidos de izquierda –cardenistas, trotskistas, anarquistas y mucho otros istas–, de asociaciones de personas endeudadas, de campesinos, de comunidades indígenas, que se levantaron por todos lados en México, para apoyar las demandas zapatistas: democracia, dignidad, justicia.

Este libro es una excelente introducción a la comprensión de los orígenes y de la significación histórica de un movimiento que ha cimbrado a México y que aportado un viento de esperanza a las víctimas del orden neoliberal en todos los continentes.